la teta

 

Amamantar es más que alimento
Lactancia materna

Pasé muchos ratos de niña sentada en las piernas de mi abuela. Sin una várice, sin un vasito reventado, torneadas y porcelanudas. Una vez, antes de morirse, mi mamá llegó de afán a verla en la clínica y al abrir la puerta de la habitación sorprendió a  tres enfermeras levantándole la falda:

-¡Parecen de quinceañera!… Sólo quería mostrárselas a mis compañeras… se justificó una de ellas. 

Mi abuela era una matrona italiana corpulenta de piernas celestiales, pero lo que yo adoraba de su cuerpo definitivamente eran sus tetas. Ese cojín abullonado y tibio en donde tantas veces apoyé mi cabeza para reír o llorar.

A las mujeres de mi familia, partiendo por mi abuela y pasando por mis tías, mi mamá y mis primas, la naturaleza les donó puchecas firmes y prominentes. Sin excepción, todas gozaron y gozan aún hoy de esa característica: las flacas y las gordas las viejas y las jóvenes.

Por eso,  cuando era pequeña  jamás puse en duda que, de grande, también yo gozaría de la misma proporción y turgencia, era sólo cuestión de genética y estadística. Cayó el muro de Berlín y la  adolescencia me revolucionó con granos y espinillas, malos genios y amores platónicos, pero esas voluptuosidades merecidas por “derecho de estirpe” jamás llegaron a mí.

-Tus hijos se van  a morir de hambre…  se reían mis amigas del colegio. Para completar la dicha, los años noventa encumbraban a  Pamela Anderson como modelo de belleza  femenino. Después de usar brasieres push-up, blusas con drapeados para aparentar volumen e  incluso llegar a contemplar la posibilidad de operarme, las aguas se apaciguaron. Crecí… No de tetas, pero si de edad, dignidad y dominio como dirían las viejitas. Y con la edad llegó una estima total hacia mis puchecas. así, tal y como eran. Entendí la elegancia de  las blusas con escotes súper pronunciados adelante y la desenvoltura de saltar y saltar en las clases de danza sin preocuparme por un “sostén”.

Después me embaracé, y después  parí. Y fue ahí cuando me enamoré profundamente de  mi par de tetas. Viéndolas como nunca las vi ni las tuve: inmensas, en su rol de portadoras de alimento, de oro líquido, de leche llena de anticuerpos y defensas. No tengo ni idea de cómo me irán a quedar después de casi dos años de lactancia, si se me caerán o seguirán empinándose discretamente, pero independientemente de la forma o volumen que tomen en un futuro cercano o lejano, lo que sé es que desde que me convertí en mamá las aprecio más que nunca.

 

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