¿La letra con sangre entra?

uniforme de colegio
Yo, con el uniforme de mi primer colegio

Un jueves cualquiera, día de descuento en frutas y verduras en el supermercado cerca de mi casa, me voy a mercar  tratando de mantener el perfil más bajo posible: los mismos leggings del día anterior, una cachucha de letras borradas  y un saco anchísimo lleno de motas que podría ser una herencia de mi papá o de mi tío, pero que adoro hasta los tuétanos y me niego a botar o regalar.

Empiezo a llenar mi canasta con los aguacates de cosecha que están baratos y brillantes cuando me topo con Clara. De lejos, me grita sacudiendo unas hojas de apio con sus uñas recién pintadas:

-¡Estoy feliz, Isabela pasó al colegio!

Se acerca y me saluda haciéndome viento con su melena perfumada mientras la mueve con movimientos de cabeza.  La saludo, pero casi ni me oye. Es como un monólogo en el que  sus palabras se atropellan contándome todas las pruebas, exámenes y test que superó su hija de tres años para ser aceptada, no en Cornell o Harvard, sino en un colegio X.

Luego se aleja hablando sola, sonriendo, contándole también a las lechugas y a las piñas que encuentra en su camino la buena nueva.

En mis tiempos de niña la elección del colegio nunca fue un tema de tanta envergadura como lo es hoy. Mis papás me matricularon en mi primer colegio por una razón escueta y más poderosa que todas las teorías educativas puestas al mismo tiempo: quedaba a una cuadra de mi casa. Y lo mejor era que a la hora del recreo mi mamá salía al balcón a saludarme.

Nunca a los tres años me tuve que levantar a las 5 de la mañana para congelarme esperando un bus porque entré a estudiar allí, en el colegio del barrio, el colegio de Melania García, ícono local de las teorías más ortodoxas en materia de educación infantil.

A los cuatro años me hacían llevar al colegio el periódico del día y con mis compañeros lo leíamos en voz alta. Sabíamos sumar, restar, multiplicar y dividir, gracias a una metodología muy clara basada en coscorrones.  Si éramos muy necios, Melania, aplicando todo un enfoque anti-Montessori nos sentaba en una silla tiesa y nos coronaba con unas orejas de burro.

Yo aprendí en un ábaco que Melania nos ponía adelante. Nos llamaba uno por uno y nos paraba al frente de todo el salón. Ella se sentaba muy cerquita con su mano arrugada y con dedos como alambres, apenas teniéndonos por el brazo.

-¿Dos por tres?

-Seis

-¿Tres por ocho?

-Veinticuatro

-¿Nueve por nueve?

– ….

-Niña, ¿nueve por nueve?, ¿se le comieron la lengua los ratones?

Y ahí era cuando sus uñas estilo pico de loro se clavaban en mi piel gordita. Yo trataba con toda mi concentración de recordar las tablas de multiplicar. Me salían lágrimas del dolor y cuando era casi insoportable, sucedía un milagro, un fenómeno paranormal: aparecía en mi cabeza un maravilloso “81” en letras góticas de colores con fondo blanco:

-Nueve por nueve 81.

-Muy bien, niña… siéntese.

Las uñas se desenterraban de mi carne dejándome señales. Marcas rosadas que después mi papá analizaría con la curiosidad propia de sus ojos de científico. Yo le aseguraba que esas marcas eran porque me tallaba el uniforme. Una blusa amarilla con resortes que, de verdad, me apretaba los brazos. Él se quedaba mirándome, pasaba su dedo índice varias veces sobre mi brazo y después levantaba una ceja con cara de duda.

El colegio era pequeño, éramos solo tres cursos. Preescolar, en el que yo estaba,  primero y segundo de primaria.  Melania administraba todos los aspectos de su institución educativa a la perfección, la parte pedagógica y la parte administrativa, el aspecto estético y la limpieza. Era el  tótem omnipresente en nuestro universo preescolar. Melania barría, Melania sacaba la basura, Melania tocaba la campana, Melania pasaba las tardes haciendo cuadros y mapas de geografía tamaño gigante, que después colgaba en los tres salones.

Todas las materias las dictaba ella: español y matemáticas, religión y costura. Y el recreo. Cuando llegaba el recreo salíamos a un prado contiguo en donde nos esperaba  Melania con una caja de dulces colgada del pescuezo. Ingerir golosinas dependía intrínsecamente de  nuestras habilidades cognitivas en el campo de la matemática. Ella sí que sabía tejer esa relación de supervivencia entre las ciencias y la vida misma.

-Profesora Melania, una Nucita, por favor.

-¿Con cuánto me paga, niña?

-Con 20 pesos.

-Y si la Nucita le cuesta 13 pesos ¿cuánto le tengo que devolver?

Y yo al ritmo de mis tripas crujiendo  a las 11 de la mañana por efecto del hambre, le daba la respuesta correcta:

-7

Y así llegaba la recompensa del chocolate y la crema blanca. Pero el que se equivocaba  en la respuesta no comía y se tenía que aguantar el hambre hasta la casa. Y así pasamos los primero cuatro años de nuestra vida: aprendiendo con terror.

Aurora también entrará al colegio algún día. No la dejaría ni loca en manos de la Melania García  que me tocó a mí y creo que, como ciertos pájaros salvajes, ya las Melanias García están en extinción y algunas hasta se han ido derritiendo por efecto del calentamiento global. Pero  el terror escolar está tomando nuevas formas: el estrés, la presión, las pruebas de admisión que ni para la aplicación a un doctorado. Al menos Melania García tenía una bonita voz.

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