Mi Juan Gabriel

Portada del disco Recuerdos II
Portada modificada del disco Recuerdos II

No pegué el ojo en toda la noche. Por algo dicen que no hay peor dolor que el de muela o el de oído. Anoche me gané el de muela que me hizo ver estrellas y otros astros siderales. Enfrenté el dolor pasando por todos los estados: me reproché la pereza de no cargar siempre cepillo de dientes; me pregunté con cizaña  por cuáles enigmas a mi boca no le tocó el privilegio de otras que nunca en su vida llegan saber lo que es una caries; quise hacerme la indiferente, ignorando el cimbronazo intermitente en mi encía, mientras charlaba o lavaba los platos. Pero no pude más y finalmente saqué una cita prioritaria de odontología.

Aquí estoy en la sala de espera del dentista. Revistas “Semana” descansan en la mesita del ángulo formando un abanico desvencijado. En medio, uno que otro catálogo de productos para la higiene bucal donde los modelos sonríen con dientes idénticos, de un blanco anómalo. El piso es gris y el techo también es gris.

Toco con mi lengua la muela que me duele. Me pregunto si eso que hago puede ser una forma leve de masoquismo porque siento placer y dolor al mismo tiempo, pero no paro.

La secretaria está hablando por teléfono con el novio o con una amiga, seguramente no con un paciente, porque cada tanto se ríe de algo. Su vestido también es gris.

Sigo con mis ojos clavados en ese catálogo de odontología y finjo leer mientras pienso:

-¿Habrá un color más enclenque que el gris?  El rojo, el amarillo, siempre están gritando algo. Un azul, un verde, hablan bajito pero se hacen notar. El negro, bueno, el negro es el silencio absoluto que pasa y todos se quedan mirando, no tiene que decir nada. Pero el gris ¿habrá color más demacrado?  Claro, por eso lo habrán escogido para este consultorio. Para que el paciente ingrese ya como anestesiado, así se muera del dolor, que entre en un estado neutral  tirando a débil, dispuesto a abrir la boca y sin fuerzas para oponer resistencia a unas pinzas de hierro y a un taladro con un nombre de fiesta y azúcar: fresa.

La secretaria cuelga el teléfono y cambia la emisora:

-Esta canción me encanta…

Se lo dice a sí misma mientras escribe en una agenda gorda, sube el volumen:

“Si estás pensando que sufriendo estoy, estás soñando, no sabes quién soy…”

Canta Juan Gabriel, canta ella.

Estoy con un vestido de baño rojo con un arco iris pintado en la cintura. Es julio, en el calor de las vacaciones no tenemos piscina cerca, pero el papá de Isa nos presta una manguera que sacamos a la calle. Jugamos a guerra de agua. Los chorros atacan también a Firulais, el perro salchicha de la cuadra, que es como el perro de todos y ladra y salta alrededor de nosotras con sus bigotes escurriendo. Sentimos el ruido de una moto que se acerca. Es Esteban, el corazón me late como después de jugar Lleva y haber corrido.

Tengo 9 años, Esteban tiene 13  pero ya anda en moto, con botas tejanas y sin casco. Frena, sonríe, arruga la nariz y nos hace adiós con la mano mientras arranca de nuevo y se pierde al fondo de la calle. Yo también quiero tener 13 años, al menos 11 y parecerme a Tata. Todos saben que a Esteban le gusta Tata. Todas queremos parecernos a Tata. Pero no tenemos su pelo ondulado largo, ni su color canela. La tía le trae tenis Reebok de Estados Unidos, tiene de todos los colores. Imitamos su peinado y la espiamos cuando se broncea en el patio de su casa con una mezcla de aceite Jhonsons y Coca -Cola. Dicen que Esteban ya le pidió el cuadre, según Natalia dizque ya se dieron un beso.

En la casa del frente una mujer con la ventana abierta barre y canta:

“Si estás pensando, que sufriendo estoy, te has engañado, no sabes quién soy”

Su voz va un tiempo después que la canción, pero con el mismo sentimiento del cantante:

” Soy insensible a heridas de amor…”

Y sigue golpeando la escoba contra el piso durísimo, como con rabia:

“Te has engañado, me siento muy bien, no te he extrañado, no tengo por quéeeeee”

Alguien abre completamente la llave del agua, el chorro de la manguera estalla y nos ahoga, nos morimos de risa. Nos miramos, y vernos así, en vestido de baño en plena calle, dobladas por las carcajadas, nos da más risa, no podemos parar.

“Soy insensible a heridas de amor, jamás exclamo un ay de dolor”

La secretaria canta con los labios semi cerrados mientras sigue escribiendo en su agenda. La miro y de repente su vestido gris se va llenando de reflejos.

Alza su cabeza y me dice sonriendo:

-El doctor dice que pase.

Me levanto y camino hacia el consultorio.

“Tal vez te quise, lo mismo que tú, cuando te fuiste volví a ver la luz, otra vez, otra veeeeeez”

Toco con mi lengua la encía. La muela ya no me duele tanto.

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