La mejor teoría de crianza

Diferentes teorías de crianza
La crianza cambia con el tiempo

Estamos en un supermercado con mi hija y mi mamá. De pronto, un niño se tira al suelo a llorar como si le estuvieran arrancando los pelos:

-¡Quiero ese Hombre Arañaaaaaaaaa….aaaaaaaaaa….aaaaaaaaaaaa!

Clientes, cajeras, vigilantes, viejitas en pensión sin nada que hacer, adolescentes en letargo, absolutamente todos inmediatamente buscan con los ojos a la mamá. No dicen nada, pero la observan espantados y aunque no musitan palabra, todos hacen cara de preguntarse:

– ¿Es usted la que le heredó su ADN a este engendro?

La madre,  con un estoico control de sí misma, permanece como de piedra. Parece (o finge) estar muy concentrada en leer minuciosamente las instrucciones para echarse un champú color.

El niño se para, se seca las lágrimas con las mangas de su camisa, mira de nuevo al Hombre Araña y otra vez, con más impulso se tira con  fuerza al  piso de baldosa recién trapeado, se arrastra y se revuelca  en círculo reclamando el muñeco.

No se sabe cuál está más tieso, si el Hombre Araña dentro de su cajita de plástico con las manos extendidas o la mamá con sus manos todavía tiesas sosteniendo el tinte de pelo, ninguno se inmuta.

Los  gritos aumentan en decibeles y compruebo lo que un día me dijo mi amiga Carolina, que es cantante lírica: sólo los niños y los animales saben usar bien el diafragma.

-¿Por qué no le da una buena palmada?

Le dice un señor de unos 60 años a su esposa.

Yo los oigo disimuladamente y me pregunto  si hay palmadas malas y otras buenas.

La esposa le contesta sin dejar de mirar las latas de atún en oferta:

-Porque  ahora se traumatizan  y después toca pagarles el psicólogo.

-Pues en mis tiempos el psicólogo se compraba por pares en el mercado, venía en varios colores, era de caucho y  se llamaba chancla.

El niño sigue llorando, pero con menos ímpetu. De un momento a otro la mamá se mueve, no para regañarlo o consolarlo, simplemente se aleja.  Se va como queriendo encontrar algún lugar del supermercado en el que pueda pasar desapercibida, ser anónima, tal vez probarse todas las cremas, empezar una nueva vida, sin que nadie la señale con el dedo. Entonces el niño se para como un resorte, se seca los mocos y ya calmado sale corriendo detrás:

-¡Espérame, mamá!

Al oír la palabra mamá, ella para. Lo mira, le sonríe y le acaricia la cabeza. Se van como si nada.

El berrinche ha pasado y todos los habitantes del supermercado comentan la escena: cuchichean con otros desconocidos sobre la mamá, lo que debió hacer, lo que no hizo. Lo que pudo haber sido y no fue, lo que ellos hubieran hecho siendo ella. La gente se agolpa en el stand de los  espaguetis en promoción y se crea un gran debate: sobre  las mamás de antes, los niños de antes, los tiempos de antes, los tiempos de ahora, las madres modernas, la mala educación, los buenos modales, los políticos ladrones, la carestía de los productos de aseo.

Un berrinche es de lo más natural y seguramente los niños de las cavernas también se tiraban al piso a patalear y gritar. Pero el cómo afrontarlo es lo que ha cambiado de década en década, de teoría en teoría.

Llorar, dormir, alimentar y criar lo han hecho los humanos desde la edad de la piedra. Pero son las teorías y corrientes de crianza  de cada tiempo que dictaminan para cada mamá  lo que está bien y lo que está mal, lo que es políticamente correcto y lo que no, lo que es natural y lo que no.

-Pero si dar teta es de lo más natural….

Me dijo mi consultora de lactancia cuando la llamé desesperada para que me sacara la leche. Pues a mí me costó tanto como si hubiera sido el proceso más artificial y ajeno a mí, (ver artículo Atravesando mi vía láctea) pero al final de toda mi batalla, porque fue un proceso qué planeé con toda la artillería, estrategia y táctica, lo logré. Tuve que pegar mis tetas día y noche a un aparato eléctrico para conseguir “lo más natural”, pero al final lo obtuve.

Los primeros meses de lactancia alcancé un estado zen sin proponérmelo: la misma posición por horas, el silencio, mi hija alimentándose de mí y yo, en esas horas eternas, en diálogo profundo conmigo misma. Cuestionándome a mí, cuestionando a mi mamá  y todas las formas de ser mamá que hubo antes de que yo me convirtiera en una:

– Mamá, ¿pero cómo me pudiste dar leche de tarro con semejantes tetas lecheras que seguro tenías?… Claro, sin saberlo porque te rendiste fácil, ¿Por qué te rendiste?

Mi mamá suspira:

-Mirá, cuando ustedes nacieron no se usaba eso de pegar al bebé a la teta, cuando nació tu hermano el pediatra me dijo: señora, espere a que le baje la leche.

-¿Y si no baja?

-Pues mejor… dele leche de tarro que tiene más vitaminas y es mucho más completa…. Yo hice lo que él me dijo y bueno ustedes tan mal no salieron,  aquí están vivos y viejos.Yo no me rendí de nada.

-Y la pobre pensaba que estaban haciendo bien… pienso yo con compasión hacia esa mujer que me dio la vida, pero no su leche.

Pues porque eso era lo que decían las teorías de la época y mi mamá, con sus pantalones  bota campana  de flores pensaba que estaba haciendo lo mejor. A mi hermano tampoco le dio leche materna, los 80 eran la flor del capitalismo, el triunfo de la tecnología y el bienestar,  la chispa de la vida, el pelo encrespado con permanente y las pieles tostadas sin una gota de bloqueador solar. La promesa de progreso venía empacada en leche de tarro.

Las teorías de cómo alimentar, de cómo educar eran muy distintas a las que imperan hoy  y un niño bien educado había pasado sin falta por el correazo, el chancletazo, la palmada y en el caso de papás realmente de avanzada, por lo menos un pellizco. Era la época de fumar con niños dentro del carro con ventanas cerradas y de servirnos Coca Cola con el almuerzo.

Y así como los 80 fueron una oda a la tecnología, los videoclips con voces robóticas y la música de sintetizador; ahora nuestra época  está marcada por un retorno a lo natural: la comida orgánica, la onda holística, el parto en casa, la alimentación sin conservantes, colorantes, el colecho, la disciplina positiva. Y otras teorías para las mamás de hoy. ¿Pero qué es lo verdaderamente natural?

El otro día en el parque tres mamás hablaban de su parto:

-Yo tuve a mi hija por parto natural.

Dijo una, orgullosa.

-Pues yo natural, sin pitocín, sin epidural… remató la otra.

La última se remangó las mangas de la camisa:

-Yo natural, sin pitocín, sin epidural, en el agua y con doula.

Con su sonrisa plena parecía estar diciendo: ¿Cómo les quedo el ojo?

Lo natural es que las madres en su ignorancia de serlo, porque nadie nace sabiendo ser mamá, traten de hacer lo mejor. Y hacer lo mejor es difícil cuando uno tiene que poner de acuerdo lo que ha vivido, lo ideal y lo real, lo que le dicen las otras madres, las teorías de crianza,  lo que dicen los medios, lo políticamente correcto y lo que no.

Todas estas teorías que queremos aplicar hoy a rajatabla para no sentirnos malas mamás probablemente estarán revaluadas en 20 años y hay una posibilidad muy alta de que nuestros hijos críen a nuestros nietos haciendo exactamente lo contrario. Tal vez a punta de comida fabricada en laboratorio y haciendo que duerman en cabinas aisladas para prevenir gérmenes.

La única teoría de crianza  que ha demostrado ser infalible en todas las eras se llama intuición. Y funciona desde la edad de la piedra porque si  algo es natural es eso, seguir el instinto y  hacer lo que a uno le funcione, tomando de las teorías y tendencias lo que uno se le sirve con su hijo, con lo que se siente bien y con lo que todo fluye.

Pero no cantemos victoria mamás, que ni la intuición nos salvará de oír en unos años a nuestras hijos decir de nosotras:

-Pobres… y ellas pensaban que lo estaban haciendo bien… ¿Mamá por qué te rendiste?

 

 

 

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