Las mujeres y el pelo

En la fiesta
En la fiesta con el trasquilado.

Hace unos meses me dio por experimentar unas sopas orientales que vi en internet. Compré todos los ingredientes y me metí en la cocina a probar. Mientras metía los fideítos en el agua escuchaba las risas de mi hija en la tina, mi esposo la estaba bañando. Oí que salieron y jugaban sobre la cama a las cosquillas mientras  él le ponía la piyama y veían Frozen.

Luego él entró a la cocina, se robó un apio que yo estaba cortando y se llevó unas medias de mi hija que ya estaban secas en la cuerda.

-Qué bueno tener un compañero que  ayuda de vez en cuando con las tareas domésticas y con los niños- pensé gratificada mientras cortaba las zanahorias en julianas. A los pocos minutos oí un grito:

-¿Puedes venir?

Llegué con las zanahorias en las manos todavía untadas. Aurora estaba con una toalla grande en la cabeza estilo turbante que le colgaba hasta la espalda:

-Mami, soy Rapunzel.

-¿Le mostramos a  la mamá el corte? – dijo él agitado y desenvolviéndole la toalla como en cámara lenta:

-Ta, ta, ta tan!

Quedé muda por unos segundos. Si le hubieran puesto una totuma en la cabeza y hubieran pasado la tijera habría quedado mucho mejor, por lo menos le habría quedado más parejo.

-Pero qué carajos hiciste…  -dije así, con puntos suspensivos no de exclamación. De verdad estaba perpleja, quería entender cómo diablos había hecho para trasquilarle el capul así de mal.

-Tal vez se me fue la mano.- dijo distraído mirando a Olaf, el muñeco de nieve de Frozen.

Faltaban dos días para el bautizo de mi sobrina, yo ya le había comprado a Aurora el vestido, las medias, los zapatos, el moño. Ahora iba a tener que conseguirle un casco. Entonces cogí la zanahoria con fuerza y apunté al pelo de mi hija gritando:

-En dos días no le va a crecer su capul trasquilado!

Mi esposo le sacudió la frente con los dedos como tratando de arreglar el daño estético dando un poco de volumen, como si desordenando las fibras capilares  se creara una armonía nueva.

-Ay pero qué exagerada, tengo un montón de alumnas adolescentes que se peinan así.

-Ah no, pues pongámosle un piercing, un tatuaje y pintémosle el resto de pelo de anaranjado pa que quede en la onda.

-Relájate… si todo fuera como el pelo! – me dijo recostándose en la cama y cogiendo su tableta. Sonó la musiquita del inicio del videojuego Clash of Clans. Lo había perdido para alegar, de ahí en adelante ninguno de mis fundamentos en contra de sus habilidades fallidas de peluquero le iban a importar.

Al otro día cuando la llevé al jardín pensé en lo afortunada que era ella por tener solo tres años ya que los compañeros a esa edad todavía no conocían el bullyng. Pero las profesoras si abrieron la boca y luego se la taparon con las dos manos como diciendo pero qué le han hecho a esta criatura.

De vuelta a la casa me pregunté por qué será que el pelo es tan importante en nuestras vidas como mujeres. Le damos un peso demasiado cargado de significados desde que tenemos uso de razón. Al fin y al cabo es solo una una mata de células muertas y queratina. Y era cierto, si todo fuera como el pelo que crece, se corta, se pinta, se cambia, se alisa, se encrespa.

Yo de pequeña lo que  más añoraba con toda mi alma era el pelo largo. Por las mañanas después de desayunar salía al balcón y me sentaba en una banquita de mi tamaño que habían mandado a hacer especialmente para mí. Y esperaba a que saliera Mariela, mi vecina, que en ese entonces tendría unos 17 años. Abría la puerta de su casa y cogía la bicicleta que dejaba parqueada en la puerta. El pelo le daba hasta la cintura o tal vez hasta las nalgas, era liso, mono y mientras se sentaba y cogía el manubrio se le venía a la cara, frondoso, denso, como una de esas cortinas gruesas que se cierran de día  en las casas antiguas para que no entre la luz. Entonces ella hacía un movimiento con la cabeza echándola para atrás con una fuerza tal que empujaba la melena lejos de su cara. Y ya con la frente despejada empezaba a pedalear. No me acuerdo muy bien de sus facciones, no creo que  fuera particularmente bonita, pero su pelo, su pelo era fuera de lo común. Cuando yo la veía desde el balcón pedía siempre un deseo:

– Que cuando crezca tenga el pelo igualito al de Mariela.

Y después  me ponía  a ensayar todos los ademanes y movimientos que debía hacer con la cabeza, los hombros y las manos, cuando tuviera el pelo muy largo.

Una mañana de la casa de Mariela salió un muchacho flaquito de blujean y camiseta y se montó en su bicicleta. Cuando agarró el manubrio impulsó la cabeza hacia atrás como hacía Mariela. Pues era la mismísima Mariela  que se había cortado el pelo a ras del cráneo. O bueno, no era la mismísima, era otra completamente diferente porque para mí Mariela era su pelo y ya no existía. Me pegué a las barras de hierro del balcón acercándome lo que más pude para verle  bien la cara y sí, era ella, sin su pelo. Me imaginé a Robert, el peluquero de la esquina, barriendo los mechones de Mariela regados por el suelo y quise salir corriendo a recogerlos, amontonarlos  y pegármelos en mi cabeza o tal vez sería más práctico hacerme una peluca con ellos. Un mito se me desmoronaba mientras se alejaba pedaleando lejos.

Las mañanas siguientes siempre la veía salir, pero no me despertaba la misma fascinación de antes, para mí era como Sansón, se había cortado el pelo y había perdido todo su poder.

Unos días después me enteré oyendo las conversaciones de mi mamá y mis tías que Mariela había entrado a la universidad a estudiar filosofía:

-Menos mal se cortó ese mechero porque parecía virgen de pueblo, ahora se ve más moderna -dijo mi prima que siempre seguía las tendencias de la moda como si fueran las reglas de un manual de supervivencia.

Quiénes serían las vírgenes de pueblo y por qué tendrían el pelo largo. Y qué era ser moderna y por qué las modernas tendrían el pelo corto, me pregunté mientras me miraba en el espejo mi pelo hasta la nuca. Podía tener el pelo largo cuando me lo supera peinar sola, me había dicho mi mamá una vez.

Para la fiesta de mi sobrina le compramos a Aurora unos ganchos blancos y se los pegamos en la frente para disimular el error. Como tiene el pelo tan liso, los ganchos se le empezaron a resbalar. Al principio, la perseguí por toda la iglesia con mis tacones 6 y 1/2 para tratar de ponérselos una y otra vez.  En la mitad de la fiesta ya uno se le había perdido y ella saltaba dichosa por todos lados con su corte de burro. Entonces desistí, si ella estaba feliz quién era yo para andarla importunando con imposiciones estéticas, ganchos, diademas, cauchos y además por qué tenía yo que  complicarme la fiesta dando zancadas en tacón puntilla ¿valía la pena?.

Me senté relajada a comerme el turrón de chocolate y me quité los zapatos de bajo de la mesa porque los manteles eran largos y no se veían los pies. Una señora de edad se me acercó, ya entrada en vinos con los ojos chisposos:

-Qué picardía tu hija, pero quién es el peluquero para no ir nunca!

Me reí muy sinceramente:

-Uy, Gladysita, si todo fuera como el pelo!

capul recién cortado
Estrenando trasquilado
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