Requiem por un árbol

Quiero mi ciudad con árboles
Tala de árboles en Bogotá.

Esta mañana al llevar a mi hija al jardín vi que en la cuadra estaban talando unos árboles. Señores con casco, subidos en unos aparatos gigantes como dinosaurios mecánicos estaban allí con sus artefactos afilados decidiendo quién moría y quién vivía. A un eucalipto, por razones del destino o del karma que desconocemos, se le perdonó la vida, sería solo amputado. El otro, también eucalipto, por designios del cosmos de los que somos totalmente ignorantes, fue talado completamente.

Cuando yo estaba en el semáforo de la avenida, éste individuo verde como los llaman los mismos de la Secretaria de Ambiente todavía se sostenía en pie. El tiempo de pasar la calle y ya se había desplomado convirtiéndose en cien pedazos de tronco amontonados sin ninguna armonía. La desintegración de las partes es algo que da inmediatamente la idea de muerte. Me acordé del terremoto de Popayán que me tocó chiquita. Supe que la ciudad estaba destruida del todo no cuando vi los escombros de los edificios de cemento, sino cuando, corriendo hacia el carro, vi un maletín de alguien, abierto en el piso, como un abanico con todas las hojas en desorden regadas aquí y más allá, las vísceras de ese portafolio completamente fuera del lugar en el que deberían estar. La cita a la que no se llegó. Un poco más allá un zapato, que el pie de alguien corriendo, seguro el mismo del maletín, había dejado en el suelo. Todo fuera del lugar de donde debería estar. Como las hojas y las ramas de este árbol.

Hace un año mi hija estaba en la etapa de adaptación al jardín. Yo la dejaba y me iba. No me alejaba por mucho tiempo, me quedaba por ahí esperando a que las profesoras me llamaran cuando la vieran llorando. La idea era ir alargando el lapso hasta que un día no llorara más. Muchos días, mientras esperaba el llamado para volver a entrar, estuve sentada en el pasto a la sombra de estos dos seres grises y perfumados. Otra vez, pasando con el coche por debajo, le dije a Aurora, cogiendo una de las hojas sobre el andén:

-¡Huele!

Ella respiró hondo y se quedó con la hoja pegada a la nariz. Luego la guardo en su morral:

-Para oler más tarde, mami.

El año pasado cortaron tres, en hilera, en la cuadra  de al lado. Ahora estos dos. El barrio que me gustaba por sus árboles va volviéndose un lugar plomizo lleno de moles con balcones diminutos. Algunos optimistas cuelgan macetas coloridas.

-¿Por qué los cortan?

Le pregunto al señor del casco que como un policía de tránsito dirige la operación moviendo los brazos.

-Tenemos la autorización de la Secretaria de Ambiente.

Ahí mismo a la defensiva. Y con razón, al tipo le pagan por ser el verdugo de los árboles, a lo mejor ni le gusta tener un trabajo así de antipático, solo sigue órdenes.  Y pone las manos por delante: aclara de primerazo que es legal lo que están haciendo, con documentos y firmas y sellos que autorizan.

-¿Pero por qué? Insisto.

-Porque interfieren con el cableado eléctrico.

Bueno, al menos los vecinos podrán seguir gozando de luz, wifi, internet  banda ancha y canales variados HD para que los domingos por la tarde cuando llegue esa ola de depresión en masa, puedan volcar sus miradas hacia las pantallas buscando que un partido les dé algo de sentido a sus vidas. Si se asoman por la ventana verán  un  peladero con un árbol mutilado en la mitad y querrán seguir en piyama, acostarse a dormir y no salir hasta que por lo menos llegue el viernes.

 

 

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