Las tetas de mi vida

Como yo las recuerdo
las tetas de mi vida.

Las primeras tetas de las que tengo memoria, externas, ajenas al entorno doméstico, fueron las de un libro que se llamaba: “De Dónde Vienen los Niños”, era un libro originalmente en alemán me parece, traducido al español. Un libro avanzado para la época. Empezaba explicando la reproducción de animales pequeños: lombrices, pollos, perros, gatos y en la última parte la reproducción humana. Aparecía un óvulo con peluca y un espermotozoide con bigote y en la página siguiente mamá y papá en la cama desnudos con, en vista, como si las barrigas fueran transparentes, el aparato reproductor de cada uno. Y la señora con sus tetas muy bien puestas, dibujadas en color carne y pezones fucsia. Unas tetas punk.

También estaban las tetas de  carne y hueso, las conocidas, las de confianza, las de mi mamá, redondas  y turgentes, las de mi tía, empinadas y rotundas, las de mi prima, atléticas y perfectas. Y todas se paseaban por la casa con gracia y elegancia. Las tetas eran el símbolo de lo femenino, algo distintivo, así lo intuí desde siempre. Pasé muchas horas de mi niñez sentada en las piernas de mi nonna con acceso directo a sus tetas, mis preferidas. Cuánto las extraño. Esa sensación de cobijo y comodidad que solo ellas te podían dar.

-Con razón los bebés las buscan –pienso mientras mi hija pega su boca a mi teta derecha.

También estaban las tetas sublimes. Como las de Cecilia, una tía que vivía en Palmira. Todo en ella era bello, pero sobre todo sus tetas. Salíamos a patinar con ella y mi prima Lorena por el barrio. Solo que Lorena y yo teníamos diez años y Cecilia veinticinco y ya era toda una juez del circuito que andaba con escoltas y gas pimienta en la cartera. De esas mujeres tan bellas que ni cuenta se dan, de una hermosura tan propia y natural que ni bolas le paran a a su propia guapura. De esas mujeres que van por la vida con una banda sonora de fondo que las acompaña cuando caminan y mueven el pelo en cámara lenta mientras todos y todas miran boquiabiertos. Se lavaba el pelo con agua de lluvia y se parecía a Linda Carter, la actriz de La Mujer Maravilla. Y sus teas eran las más lindas que yo había visto en toda mi vida.

Y estaban las tetas propias. Siempre puestas en discusión, las que madre natura en su bondad donaba. En mi adolescencia estuve de pelea con ellas porque no tenían las dimensiones que yo pretendía. Uno crece, madura y a los trece años  le toca el suplicio de Pamela Anderson como ícono estético de la época. Entonces uno, con la determinación hormonal de la adolescencia toma medidas drásticas: se pone rellenos de variopinta índole, desde las refinadas almohadillas hasta el vil papel higiénico enrollado, o se pone a hacer ejercicios en el baño, flexiones de pecho que lo dejan a uno con los brazos de Hulk, pero de tetas nada. O se pone silicona o finalmente, se acepta como es y con placer. Y hasta ventajas les termina encontrando a sus escasas voluptuosidades delanteras:  pequeñas, pero firmes.

Y están las tetas de una mamá. Cuando la maternidad llegó a mí, había llegado también el momento en mi vida de darles un uso más allá del recreativo. Las apreciaba más que nunca. Tu hijo abre la boca y se prende, es un instinto, lo sabe hacer, chupa, succiona, es leche, es un colchón suave, es alimento, un lugar seguro, abullonadas como las de mi nonna, bellas, no como las de Cecilia, pero únicas, son las tetas de mi vida.

Fragmento de mi libro “Aventuras de una super mamá”

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