El discreto encanto de la “pata e gallo”

arrugas y otras cosas
Yo, mi gentil retrato.

Que hay que vibrar en ciertas frecuencias para atraer las cosas que por su energía palpitan igual, dicen. Con todo funciona, dicen…

Bueno, la semana pasada estaba yo buscando espectáculos de títeres para llevar a mi hija. Puse en el buscador “Hilos mágicos” que es el nombre de un reconocido teatro de marionetas. Pero mis energías vibratorias están perfectamente sincronizadas no con los títeres, sino con  los métodos  para acabar con la pata de gallo, pues  Don google me salió con que “Hilos mágicos” es un nuevo método para acabar con las arrugas, unos hilos tensores que alisan la piel y quitan papada, mejor dicho si queda uno como para protagonizar una obra de esas de las marionetas de Jaime Manzur: con la cara  templada, lisa y brillante.

Debo reconocer que hace rato buena parte de  mis búsquedas más  sesudas en internet son ventanas que abro con tutoriales caseros pa la pata e gallo.  Desde gimnasia facial hasta aceites naturales. La pérdida de colágeno se inicia a  los 20  años, dice un artículo con todos los avales científicos. No hay que tener doctorado en biología para saber cuándo aparecen las “líneas de expresión” que no es otra cosas que la palabra políticamente correcta para llamar a las arrugas.  O sea ¿cuánta  gelatina Royal  tengo que comerme de ahora en adelante para recuperar la elasticidad esquiva de los últimos 20 años de mi vida?

Y es que en materia de arrugas para mí la matemática no cuenta. Por ejemplo, nunca entendí  a las mujeres que se quitan los años. No hay argumentos numéricos  que atenúen la red que se empieza a apoderar  del contorno de ojos cuando nos miramos al espejo.  Mi tío político era el menor entre sus hermanas. Digo “era” porque todas ellas fueron  cambiando sus cédulas. Y terminó siendo el mayor, pero además llevándoles muchos años de ventaja.  También es admirable la complicidad  de los funcionario públicos solidarios que les permitieron a estas damas conservar , al menos en el papel, su jovialidad perdida. Pero además terminaron varias naciendo el mismo año.

Yo no quiero quitarme los años, ni cambiar la fecha de nacimiento en mi cédula. No me interesan mis arrugas como sujeto social de derecho en el campo jurídico. Me inquietan mis arrugas reales. Pero le tengo pánico al botox.

Yo quiero, sinceramente, encontrarles el encanto a mis arrugas, yo creo que se puede, conozco mujeres fascinantes repletas de rayas. Esa sí sería una verdadera revolución para mí, reconocer el mérito de mis huellas, de esas tardes al sol cuando la capa de ozono se estaba empezando a acabar, pero me importaba un bledo porque tenía 16 años. Las marcas que me quedaron de esos conciertos de horas al viento, a la intemperie con los zapatos mojados y cantando hasta quedar ronca, los surcos que me fueron dejando esas buenas lloradas, esos desahogos en los que fruncí la cara como un trapo viejo escurrido, pero quedé con el corazón ligero.

Yo quiero un día ser como Ana Magnani, la gran actriz italiana, quien una vez en el set  le dijo a su maquillador: “Déjame todas las arrugas, no me quites ni una. Me he demorado toda una vida para conseguirlas” .

 

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