Un futuro sin celular

Una vida con buen uso de la tecnología.

Érase una vez una época, no hace mucho tiempo, en la que todos fumaban. Papás, profesores, médicos en consulta, hermanos mayores, choferes manejando. Fumaban en las calles, en los cines, en los teatros, en los restaurantes. Fumaban delante de ancianos, niños, mujeres embarazadas. Uno de los primeros recuerdos que tengo es un Simca naranjado, yo de niña sentada en el puesto de atrás y una bruma gris y lenta que nos acompañaba durante el viaje con las ventanas cerradas. Recuerdo mis primeras fiestas de 15 y el olor a cigarrillo pegado en mi blusa y a mi pelo. Mi mamá, mi abuela, mis tíos, todos fumaban delante de nosotros, los niños. No había nada de políticamente incorrecto en eso. En esa época poco se sabía sobre los efectos nocivos del cigarrillo y fumar en la sala de la casa viendo tele todos juntos o en las habitaciones, era algo completamente normal. Saludar a un niño de beso con el pucho en la mano, lo hacían todos. Hasta una vez me quemaron un brazo, porque la amiga de mi mamá que conversaba alegremente con ella, en la mano tenía su cigarrillito que saltó bruscamente en una carcajada hacia mi tierna piel.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente y fumar delante de un niño no es bien visto. Ni los fumadores más empedernidos se atreven. Mi propia madre que no renuncia a la Nicotina y empezó a fumar a los 14 años, decidió por su propia iniciativa fumar en el garaje desde que nació Aurora para que la niña no respirara “su humo”, después de tantos años ella siente que le pertenece.

Cada época tiene su vicio y hoy el cigarrillo está tan devaluado que los fumadores casi que se tienen que disculpar por hacerlo. En noches de invierno se ponen su abrigo y con la cabeza gacha salen del restaurante con calefacción a congelarse las nalgas, a fumar. Miran desde afuera a través del vidrio con sus caras tristes, tiritando hasta que el cigarrillo se acabe para poder entrar de nuevo.

Nuestra época tiene su propio vicio y todos hemos sucumbido a él. El omnipotente celular. La diferencia es que los fumadores precoces (como mi mamá y sus amigas del colegio) eran púberes cuando empezaron a fumar, hoy la adicción al celular empieza a la edad del pañal.

Estos últimos días de vacaciones me he cuestionado mucho su uso, la dependencia que tenemos con este apéndice electrónico, esos pitos, esa luz, la primera que vemos al levantarnos, la última antes de acostarnos. Esa presencia que se cuela en todas partes, nuestras fiestas, nuestros paseos, nuestros viajes, nuestros momentos más íntimos. Al menos el cigarrillo era discreto, sociable, no hacía ruido y le daba chance a la conversación, a la interacción, a mirarse a los ojos. El celular no. Es llenador, es intenso, no deja hacer nada más.

Como el que decide dejar de fumar, he decidido para este 2020 bajarle al celular. Dejar de usarlo sería utópico además de inútil. Pero si quiero aprender a relacionarme con él de una manera más consciente. No será fácil porque tengo un blog y soy muy activa en redes sociales, pero al menos quiero ponerle, ponerme límites, más bien.

Una vez que mi mamá quiso dejar de fumar se compró unos chicles de Nicotina. Por un tiempo le funcionaron porque dejó el cigarrillo, pero la veíamos día y noche rumiando esas pastillitas marrón. Poco a poco retomó el cigarrillo sin dejar los chicles, fumaba y masticaba, en un intento por moderar su vicio, terminó adicta a ambos y desesperanzada decidió volver a su viejo y conocido cigarrillo. Así que mis chicles de Nicotina, mi intento (espero no fallido como el de mi mamá) por moderar mi vicio, serán dos medidas simples que empezaré a aplicar para irme saliendo de ese remolino tecnológico que me chupa la energía y me roba el tiempo, la vida, y me impide relacionarme sin interrupción con los seres de carne y hueso que me circundan:
1. HORARIOS para revisar email, redes sociales y whatsapp
2. NO CELULAR si estoy con mi hija. Ok, lo podré usar para tomar alguna foto, por ejemplo, pero si estoy con ella decido No usar celular para chatear, googlear y todo el jardín de senderos que se bifurcan y bifurcan hasta el infinito solo porque uno abre Instagram.

Tal vez las cosas cambien. Quizás en 20 años nuestros hijos dirán: Érase una vez una época, no hace mucho tiempo, en la que todos vivían pegados a un celular. Papás, profesores, médicos en consulta, hermanos mayores, choferes manejando. Chateaban en las calles, en los cines, en los teatros, en los restaurantes. Mandaban cadenas de whatsapp delante de ancianos, niños, mujeres embarazadas. Uno de los primeros recuerdos que tendrán los niños de hoy será el de manadas de adultos en su entorno más amado con la cabeza descolgada hacia un celular. Dirán: En esa época poco se sabía sobre los efectos nocivos de las ondas electromagnéticas de los celulares y los efectos psicológicos de la dependencia hacia ellos, usarlos en la sala, las habitaciones, el baño, sin restricciones era algo completamente normal.

En 20 años seremos adultos con papadas gigantes y espaldas cóncavas porque desde tiernas edades aprendimos a vivir plegados hacia el aparato. Yo, como profesora de Yoga, tendré mucho trabajo, dictando gimnasia postural. Quizás para ese tiempo el celular esté tan devaluado que nos tendremos casi que disculpar por usarlo. Quizás en 20 años para hablar por celular habrá que salirse del recinto social. En noches de invierno nos pondremos nuestro abrigo y con la cabeza gacha saldremos del restaurante con calefacción a congelarnos las nalgas para chatear. Miraremos desde afuera a través del vidrio con caras tristes, tiritando hasta que la batería se acabe.

 

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