Nunca es tarde

clases de monopatín a los 40

Hace lustros daba yo clases en una pequeña escuela de idiomas en Italia. Era el trabajo perfecto para una estudiante como yo que necesitaba tiempo para sus estudios, pero sobre todo, plata. Como eran solo clases individuales era muy fácil organizar los horarios directamente con los alumnos.

El primer día, Rita, la dueña de la escuela, me entregó una montaña de libros.

Al sentarme a revisarlos me encontré con «Learning English 1» y «Learning English 2»

-¿Pero no iba a enseñar yo español? – le dije aterrada.

Digamos que mi experiencia escolar con el inglés se había limitado a ver por 11 años seguidos el verbo to be como en cualquier colegio colombiano respetable por esos tiempos. Y aunque ya en la universidad mi inglés había mejorado de la tierra al cielo, no consideraba que fuera como para dar clases.

-Melanie está de viaje y la vas a reemplazar 4 semanas.

-Pero…

Rita ya me había dado la espalda y se alejaba taconeando con su cigarrillo prendido en la mano.

Para dictar mis clases de inglés me tocaba clavarme a estudiar los temas del libro con anticipación, con el terror de que los alumnos me fueran a alcanzar. Ante preguntas complejas cuya respuestas yo ignoraba, había perfeccionado mi expresión no verbal, me quedaba mirando al infinito y luego muy seria les decía:

-Te lo dejo de tarea. E inmediatamente empezaba a hablar de política o de fútbol. La idea era girar el foco de la conversación hacia un tema más candente para mis alumnos desde el punto de vista de la actualidad y menos candente para mí desde el punto de vista gramatical. Siempre funcionaba.

Lo mejor de esas 4 semanas reemplazando a Melanie fueron 2 cosas. La primera, mi inglés mejoró como si hubiera estado de intercambio en Uk sin haber pagado ni media libra esterlina y la segunda, conocí a Olga.

Olga era la primera alumna de las mañanas. llegaba a clase antes de las 8, con un blue jean ancho, una cola de caballo y un suéter. En la mesa desplegaba su cartuchera repleta de colores, marcadores, resaltadores, borrador, sacapuntas y hasta cosedora. Luego nos poníamos a conversar. Olga era rusa y había vivido durante un tiempo en Alemania, así que hablaba perfectamente ruso, alemán, e italiano. Y ahora hablaría también inglés. Su emoción por aprender me contagiaba y hacía entonces que yo preparara mis clases para ella con especial dedicación. La miraba mientras escribía en su cuaderno de espiral los ejercicios en clase, su letra pegada como el tejido de una filigrana, sus gafas resbalándose por la nariz, los títulos subrayados, sus cachetes rosados, lisos y templados, una matrioska de azúcar. Me pedía que tradujéramos los coros de canciones que siempre le había gustado y mientras escribía, las iba tarareando.

Olga tenía 83 años. Yo por esas épocas andaba en mis 20s, estudiando, trabajando, almorzando con chicken nuggets, trasnochando mal y pasando por un periodo enmarañado de agotamiento. Algunas mañanas, sentada junto a Olga, me sentía siglos más vieja que ella. Y mientras repasábamos el Simple Past Tense yo esperaba absorber al menos algo de su jovialidad en 50 minutos que duraba la clase.

En su tema final, escrito a mano y en dos hojas cuadriculadas, explicaba sus razones para estudiar inglés:

«Siempre me gustó,  suena lindo. Quiero cantar canciones y entender la letra, quiero viajar a Inglaterra el próximo verano y entablar conversaciones con la gente en la calle (aunque tal vez para entablar conversaciones por la calle voy a necesitar mucho más que el inglés). Ahora que soy viuda tengo más tiempo y siempre quise saber inglés. It’s never too late».

Hacia el final del curso tuvimos reunión con Rita para hablar de los alumnos de su escuela y sus progresos.

-No entiendo para qué aprender inglés a esa edad -dijo mientras me entregaba los registros para las notas finales. No dije nada. Luego se quedó mirando la ficha de matrícula de Olga como descifrando un jeroglífico. Su foto, su cara sonriente, sus arrugas.

-En fin, lo importante es que pagó el curso completo. Y dejó caer la ficha en la montaña de papeles, recibos y fotocopias desteñidas que inundaban su escritorio.

Sobresaliente. Ese fue mi veredicto para Olga en su nota de final de ciclo. Nunca más la volví a ver.

O mejor, la he vuelto a ver muchas veces. Cada vez que pienso en la edad como la condición para hacer algo aparece Olga.

Ahora empecé clases de monopatín. Llevaba un tiempo practicando por mi cuenta y tomar clases oficiales fue el regalo que me di en mi más reciente cumpleaños. Marco, mi profesor, nació el año en que entregué mi tesis de grado. Mis compañeros de clase todavía le tienen que pedir permiso a sus papás para llegar a la casa después de las 10 pm y por las noches van a dormir embadurnados en una pomada blanca que promete aniquilar barros y espinillas.

Entreno con ellos todos los sábados. Nos damos nuestros buenos porrazos. Me levanto y me sacudo y arranco otra vez. Y pienso en lo que Olga dejó por escrito con su letra preciosa: it’s never too late.

 

 

Deja un comentario