Aceitunas y estrellas

Libro de Indro Montanelli

Estoy embelesada con Indro Montanelli, un autor italiano que me está contando de la manera más divertida la historia de los griegos. Verdaderos y fascinantes personajes dignos cada uno de su propia serie de Netflix han resulatdo ser Pitágoras, Safo o Pericles. Nombres que por años y desde el colegio fueron para mí vacíos y acartonados, hoy se revelan como protagonistas de vidas emocionantes llenas de matices y aventuras.

Por ejemplo, Tales de Mileto, mi ídolo. El tipo tuvo la genial idea de romperse el lomo durante un invierno con una sola intención: hacer plata. Plata, ni mucha ni poca, la suficiente para poder vivir de la renta el resto de sus días y así dedicarse sin premuras, angustias ni dramas a sus verdaderos intereses: descifar el firmamento, viajar a Oriente para aprender las técnicas más modernas de la época en astronomía, traducir el universo.

Tales hizo plata con aceitunas. En un escuálido invierno, cuando no había demanda, compró todos los molinos para hacer aceite de oliva. Con sus conocimientos de los astros pudo predecir que el otoño siguiente la cosecha sería favorable. Para ese entonces Tales, el filósofo y matemático, ya tenía el monopolio de estos aparatos y así, alquilándolos, amasó una pequeña fortuna. Fortuna que le permitió de ahí en adelante viajar a Babilonia cada vez que se le diera la gana, de por vida y sin tener que preocuparse nunca más por los precios de los pasajes.

Y es que este episodio de su vida entraña un dilema antiguo casi como el cosmos y es el de, por un lado, expresar la propia vocación y, por otro, la necesidad de ganarse el pan. Vertientes que a veces coinciden en el mismo río, pero no siempre. Y querer meter esas dos corrientes en el mismo caudal a la fuerza es la encrucijada a la que se enfrentan muchos, pero sobre todo los que de alguna manera se dedican al arte o a la ciencia.

Hace unos años estaba yo estudiando teatro en Italia. Nuestro maestro, un hombre muy culto que rondaba los 70, nos daba algunas clases en su casa. Su casa era una maravillosa construcción medieval llena de libros, cuadros y otras piezas exclusivas de arte. Para llegar, teníamos que atravesar Venecia en “battello”, una especie de barquito que en la ciudad de los canales hace las veces de bus. Nosotros con nuestro presupuesto de estudiantes, para ahorrarnos el ínfimo precio del tiquete, a veces nos atravesábamos toda la ciudad rodeándola a pie, recorriendo el doble y llegando siempre a ras del tiempo, agotados por el afán.

Una vez el profesor mismo nos abrió la puerta. Teníamos la lengua afuera y el respiro entrecortado:

-Para ser artista hay que ser rico. –dijo con una sonrisa. Nos invitó a entrar mientras iba sacando el agua y el vino.

Yo si creo que la holgura económica haría que tantas almas nobles tocadas por las musas pudieran vivir de lleno, sin consumir la existencia en preocuparse por los recibos que pagar, las cuentas de cobro que reclamar, las hojas de vida que mandar, las planillas que llenar.

Y es que la dicotomía que se plantea generalmente es: cómo convertir la vocación en algo materialmente rentable. Pero Tales de Mileto fue mucho más práctico y certero: para qué volver productiva una vocación si para hacer dinero están otras cosas. Para qué mezclar lo uno con lo otro.

Para qué volver lucrativas las estrellas, cuando existen las aceitunas.

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