De paseo por el parque

La Villa Roma
Villa Borghese

Es un parque con forma de corazón en el corazón de Roma. El lugar preferido de romanos y visitantes para hacer deporte, picnics, echarse al sol, casarse. He visto no pocas fiestas de matrimonio celebradas en sus jardines y fuentes. Con damas de honor felices y borrachas todas vestidas igual y ya con el peinado chorreado y los tacones en la mano en el ocaso de la fiesta o quizás en su mejor parte. Sigue leyendo

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Requiem por un árbol

Quiero mi ciudad con árboles
Tala de árboles en Bogotá.

Esta mañana al llevar a mi hija al jardín vi que en la cuadra estaban talando unos árboles. Señores con casco, subidos en unos aparatos gigantes como dinosaurios mecánicos estaban allí con sus artefactos afilados decidiendo quién moría y quién vivía. A un eucalipto, por razones del destino o del karma que desconocemos, se le perdonó la vida, sería solo amputado. El otro, también eucalipto, por designios del cosmos de los que somos totalmente ignorantes, fue talado completamente.

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Solitas en la noche

metoo
feminismo y algunos vallenatos sexistas.

Una amiga mía se quedó con otra hasta tarde en un bar. La música no estaba tan buena. Ellas querían hablar, echar chisme, desatrasar cuaderno. Pero no lo pudieron hacer en paz. Un tipo se le pegó a mi amiga. Después de ni cinco minutos, ya le colgaba su mano pesada sobre el hombro mientras le hablaba cerca y le decía algo terminado con “esita”.  Por el volumen de la música no entendía si era “princesita”, o algún otro título nobiliario que se estaba ganando gratuitamente. En un momento de lucidez u obnubilación mental, depende del punto de vista, las dos decidieron zafarse y salir a las doce de la noche caminando a buscar un taxi. Eso fue por la época en que los celulares eran todos flechas y no existían aplicaciones tan cómodas como las de hoy en las que a uno le dicen: la viene a recoger Walfang Santiago Muñoz Cubides con placas vvv345 y le enciman un mapa con el muñequito del taxi y el muñequito de uno, en tiempo real mientras el vehículo se acerca como en un videojuego.

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Espiado por el FBI y escritor de libros para niños

Crockett Joohnson
Harold y su crayola morada.

Este es el libro preferido de Aurora para antes de ir a dormir.  Un  niño que crea  personajes y situaciones con su crayola. La primera vez que lo leí me pareció  bello por lo simple y quise averiguar quién era el autor. Me imaginaba a alguien si no coetáneo, al menos que estuviera vivo, pero me sorprendió saber que toda la colección de Harold y su crayola fue escrita en los años 50. Sigue leyendo

Mejor que a los veinte

 

Me siento mejor que a los 20
Mejor que a los 20
  1. Le hemos cogido mucho cariño a nuestro cuerpo. La fuerza de la gravedad es inversamente proporcional al autoestima. A los 20 cuando las carnes tensas se mantienen templadamente en su sitio a pesar de la comida chatarra, los trasnochos y excesos propios de la vida loca juvenil, vivimos acomplejadas con nuestro cuerpo, por gordo, flaco, grueso, menudo o perfecto  que sea. Siempre hay algo que no nos gusta. Somos implacables ante nuestra imagen en el espejo. Compasión y clemencia no existen en la mirada de la veinteañera que se ve a sí misma en el reflejo  de una vitrina.  Paradójicamente cuando la fuerza de gravedad empieza a desestabilizar las estructuras sobre las cuales construimos gran parte de nuestro ego juvenil es cuando mejor nos empezamos a sentir con nuestro aspecto físico, sea el que sea. Sigue leyendo

Las mujeres y el pelo

En la fiesta
En la fiesta con el trasquilado.

Hace unos meses me dio por experimentar unas sopas orientales que vi en internet. Compré todos los ingredientes y me metí en la cocina a probar. Mientras metía los fideítos en el agua escuchaba las risas de mi hija en la tina, mi esposo la estaba bañando. Oí que salieron y jugaban sobre la cama a las cosquillas mientras  él le ponía la piyama y veían Frozen. Sigue leyendo

Profesora de baile en Italia: traducir lo intraducible

Bailar
Bailando

Quién dijo que los estereotipos son siempre malos. Uno puede incluso sacarles jugo y vivir de ellos. Como unos chinos que trabajaban en Roma de meseros en kimono en un restaurante japonés. No hablaban japonés, nunca habían ido a Japón, pero fue un decoroso trabajo que les permitió pagar el arriendo por varios meses. El hecho de que para muchos occidentales cualquiera con dos ojos como rayitas puede ser de Japón fue suficiente para que los contrataran y se convirtió en su fuente de euros por un buen tiempo. Un amigo japonés fue el que rompió mi burbuja y me reveló la verdad cuando le conté que mi restaurante preferido de sushi era justamente el de los chinos.

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