Mudanza

De mudanza
De mudanza

Las nubes se diluyen para dar paso a un cielo azul eléctrico, el sol resplandece picante y los niños corren por el pasto del parque con sus coloridos tapabocas del Hombre Araña o Princesita Sofía. Algún perro, también con un tapabocas de color chillón colgado del cuello, corre detrás de ellos, juguetón.

Me quito los zapatos, me siento a descansar. Los paquetes deformes, las bolsas de basura gigantes y las maletas viejas están desparramadas al azar por el suelo. Porque mientras mi hija y su papá están en el parque yo me he quedado en el apartamento preparando el trasteo. En un día de sol. Y me aterro de los niveles de adultez que he alcanzado: preferir empacar a salir, preferir hacer maletas a comerme una paleta de chocolate con crema de las que vende el viejito en el parque, preferir arreglar los recibos de los últimos cinco años y coserlos en orden alfabético, a sentarme en la banquita de madera a calentarme las piernas y pensar en nada. He llegado al colmo de mi madurez, he rebosado la copa de mi sentido de responsabilidad. Nadie me tiene que obligar porque para mi propia sorpresa, lo hago por mi auténtica iniciativa: desocupar estantes y alacenas, clasificar los libros para donar, esculcar cajones repletos. Quiero estar a la cabeza de la mudanza. Sigue leyendo

Buen ojo

historias de ciudad
Gente buena en la ciudad

Ayer me fui a almorzar con una amiga. Nos comimos una ensalada de quinua inverosímilmente rica, teniendo en cuenta la insipidez del famoso cereal y dejamos que por tres horas el torrente de nuestras historias recientes se nos desmoronara por la boca. Después de reírnos, reflexionar y aguar los ojos nos fuimos a caminar con el sol de Bogotá. Nos despedimos en una esquina y me dirigí hacia una tienda naturista en la calle 100 a ver si vendían henna para pelo. Saliendo, sentí que me lanzaban con fuerza una manotada de polvo y partículas extrañas en el ojo izquierdo. Nadie, solo un ventarrón matemáticamente preciso para elevar el mugre y la arena necesarios para  que yo sintiera puntillas en mi ojo. Me tapé y me quedé quieta sin poder abrirlo. Luego me fui caminando entre el tráfico y los pitos, sintiendo el ardor. Buscaba un lugar en el cual pudiera pedir un baño. En mi camino me miré en el espejo retrovisor de una camioneta. El ojo parecía una bola roja de ping pong. En la 103 divisé aliviada una farmacia. Dos mujeres estaban en el mostrador. Sigue leyendo

En el Planetario de Bogotá

Entrada del Planetario de Bogotá
En el Planetario de Bogotá

Esta era una visita que teníamos pendiente desde hacía rato, con el cuento de que el Planetario nos queda un poco lejos, habíamos aplazado la ida. Un domingo, aprovechando la ausencia de tráfico, nos levantamos temprano, miramos por internet la programación para niños y sin pensarlo mucho, decidimos ir.  Sigue leyendo

5 ventajas de llevar a los niños a la biblioteca

La biblioteca un espacio de arte y lectura
Dibujando en la biblioteca

Claro que son más de cinco, pero estas son mis preferidas: Sigue leyendo

Requiem por un árbol

Quiero mi ciudad con árboles
Tala de árboles en Bogotá.

Esta mañana al llevar a mi hija al jardín vi que en la cuadra estaban talando unos árboles. Señores con casco, subidos en unos aparatos gigantes como dinosaurios mecánicos estaban allí con sus artefactos afilados decidiendo quién moría y quién vivía. A un eucalipto, por razones del destino o del karma que desconocemos, se le perdonó la vida, sería solo amputado. El otro, también eucalipto, por designios del cosmos de los que somos totalmente ignorantes, fue talado completamente.

Sigue leyendo

A pesar de todo, te amo, Bogotá

Recorriendo la capital, Bogotá
Disfrutando de Bogotá

Este año cumplo 30 años de haber pisado Bogotá por primera vez. Eso pienso esta mañana mientras corro escapando del humo de un bus del Sitp.

Sigue leyendo

Buen karma

Embarazada
Embarazo feliz

Estoy al final de mi embarazo. Me voy con  mi carga extra y venerada a hacer un trámite en una de esas instituciones públicas llenas de gente, filas y tableros con números rojos cambiantes en donde se define el destino de los presentes. Todos con su papelito en la mano, mirando de reojo a ver si el del al lado tiene un número que va primero, esperanzados en que en el antipático tablero aparezca esa señal, ese signo que nos diferencia de los demás y que nos da derecho a levantarnos con la frente en alto, transitar entre la muchedumbre iluminados por una luz y mirar a los otros con una especie de compasión y soberbia mientras dejamos el puesto vacío hacia nuestro camino a la gloria: el cubículo. Sigue leyendo