Colombians

Aguacate

Un día eres joven y al otro descubres que han pasado casi 20 años desde tu tesis de grado. Mi tesis reflejaba más o menos el sancocho mental que tenía yo en la cabeza por esa época, y en vez de hacer un cortometraje o un proyecto de televisión educativa, me dio por emprender, porque fue toda una empresa, una investigación con tintes sociológicos pretenciosos acerca de la identidad colombiana. Cómo éramos los colombianos, qué sentíamos que era ser colombiano, qué nos caracterizaba y cómo esa identidad se reflejaba en unas campañas publicitarias de la época.

Durante el proceso de escritura de esta tesis me adentré en los recovecos más profundos de mi ser universitario. Fui quitando capas de cerveza y de canciones de Los Rodríguez y empecé a recorrer ese camino de piedras y rosas que transita cualquier alma cándida a la que le toca escribir una tesis: lloré, sufrí, reí. Asalté la nevera de mi tía, que me prestaba el computador para escribir, y se la dejé pelada no pocas veces. Me pregunté qué trauma de infancia habría podido padecer el inventor de las normas Icontec para ensañarse con la humanidad de una manera tan miserable. Entrevisté a intelectuales y eminencias en mi materia de estudio (me enamoré de alguno). Y pasé por el rito de iniciación sin el que nadie puede graduarse: perdí un diskette con toda la información importante la víspera de una entrega. Pensé en dejar todo tirado e irme de okupa con mi prima, no sin antes cortarme capul yo sola para terminar de hundirme. Y finalmente, después de lustros de trasnochos, de tusas románticas y académicas, entregué el borrador definitivo. Me lo devolvieron para corregir y yo me morí. Pero al tercer día resucité para ir a la inauguración de otro bar de música electrónica con mis amigas. Sigue leyendo