P nos ayudaba a limpiar la casa. Deseé muchas veces no haberlo conocido. Cuando yo entraba a las dos de la tarde luego de mi trabajo y al abrir la puerta, sentía que me envolvía el olor a limpio. No a jabón, no a detergente ni a brillapisos. A limpio. Una montaña verde, pajaritos que volaban del corredor a la cocina iluminados por el sol. Todo aparecía de nuevo en su lugar armoniosamente: cada tapete, cada cojín. Los espejos del baño inmaculados y mi cara reflejada deforme en los brillantes grifos plateados del lavamanos. P era impecable y preciso. Cuando nos dejó supe que nunca encontraríamos a alguien como él. Y eso era un problema. Se había contagiado de un virus reciente, el virus de emprender. Quería ser el gran jefe de su propia compañía de limpieza. Nos habíamos enamorado de su modo de limpiar la casa, de andar por el corredor con paso triunfal, trapo en la cintura, límpido en mano. Y como en cualquier enamoramiento que termina en corazón roto, ningún nuevo candidato parecía poder reemplazarlo. Lo Intentamos: Un muchacho filipino muy sonriente y poco experto. Una señora de Moldavia que contaba historias fascinantes de una infancia helada en la que tenía que recoger leña con botas remendadas en bosques de niebla como en un cuento de los hermanos Grimm. Una señora peruana que solo estaba ahorrando para irse a vivir con su hijo en Berlín. Ninguno como P. Ninguno tan meticuloso. Cada nuevo posible candidato, como en el amor hecho trizas, resaltaba con más fervor las cualidades y el recuerdo límpido de P.
A veces me lo encontraba por casualidad en las escaleras. Le habían asignado la limpieza del edificio y esa era una de las razones por las cuales nos había abandonado a nuestra suerte. Yo lo saludaba fingiendo indiferencia, como se hace con los amores del pasado que todavía duelen, como si no me importara que lo sifones de la cocina estuvieran amarillentos y las motas de polvo flotaran reuniéndose en una especie de flores grisáceas que caían en el piso de madera de mi sala. Mi escoba no lograba arrastrarlas del todo.
Un domingo en vez de dormir hasta tarde me levanté de mi cama a tempranas horas. Me puse los guantes de látex tres tallas más grandes que estaban en la tina del baño, los guantes que usaba P. Mezclé bicarbonato y vinagre. Empecé por lo que más me costaba: el baño. Seguí con la cocina, la sala, el comedor, en una procesión abnegada y meticulosa de limpieza profunda. Descubrí rincones que no habían sido alcanzados por el detergente jamás, ni siquiera por las escrupulosas manos de P. Espacios de la casa vírgenes de desinfectante. Ante mí se revelaba una realidad completamente nueva: ni P era tan perfecto cuando limpiaba ni el Viacal tan efectivo.
Terminé la limpieza dos horas después y me preparé un té verde con miel. Allí sentada en la cocina con los guantes todavía puestos, sentí que mi despecho doméstico iba desvaneciéndose como si le echaran baldes de agua con jabón. Mi corazón estaba por fin empezando a sanar y a brillar reluciente de nuevas esperanzas.

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