P nos ayudaba a limpiar la casa. Deseé muchas veces no haberlo conocido. Cuando yo entraba a las dos de la tarde luego de mi trabajo y al abrir la puerta, sentía que me envolvía el olor a limpio. No a jabón, no a detergente ni a brillapisos. A limpio. Una montaña verde, pajaritos que volaban del corredor a la cocina iluminados por el sol. Todo aparecía de nuevo en su lugar armoniosamente: cada tapete, cada cojín. Los espejos del baño inmaculados y mi cara reflejada deforme en los brillantes grifos plateados del lavamanos. P era impecable y preciso. Cuando...
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