Buen ojo

historias de ciudad
Gente buena en la ciudad

Ayer me fui a almorzar con una amiga. Nos comimos una ensalada de quinua inverosímilmente rica, teniendo en cuenta la insipidez del famoso cereal y dejamos que por tres horas el torrente de nuestras historias recientes se nos desmoronara por la boca. Después de reírnos, reflexionar y aguar los ojos nos fuimos a caminar con el sol de Bogotá. Nos despedimos en una esquina y me dirigí hacia una tienda naturista en la calle 100 a ver si vendían henna para pelo. Saliendo, sentí que me lanzaban con fuerza una manotada de polvo y partículas extrañas en el ojo izquierdo. Nadie, solo un ventarrón matemáticamente preciso para elevar el mugre y la arena necesarios para  que yo sintiera puntillas en mi ojo. Me tapé y me quedé quieta sin poder abrirlo. Luego me fui caminando entre el tráfico y los pitos, sintiendo el ardor. Buscaba un lugar en el cual pudiera pedir un baño. En mi camino me miré en el espejo retrovisor de una camioneta. El ojo parecía una bola roja de ping pong. En la 103 divisé aliviada una farmacia. Dos mujeres estaban en el mostrador. Sigue leyendo