La ropa sucia no se lava en casa

La ropa sucia no se lava en casa

Ese día Adriana, mi prima, se había pintado las raíces con henna y papel aluminio. No se le podía pasar el tiempo porque la última vez le habían quedado los pelos anaranjados como hilos de zapallo y los alumnos del colegio se le habían burlado cada vez que entraba al salón de clases. Sobre todo los de bachillerato. Y es que la henna tiene algo muy bueno y muy malo a la vez y es que no se quita con nada, dura para siempre. A menos, claro está, que uno se corte el pelo.

Como todas las mañanas de sábado, Adri buscó las charlas TED en Spotify y se puso a arreglar el despelote en el diminuto apartamento. De la bicicleta estática, específicamente del manubrio y la silla, colgaban camisas, camisetas, chaquetas y pantalones. Una montaña de ropa por lavar. Adriana quitó todo formando un amasijo que botó encima de la cama. Así, en bola, agarró la ropa de nuevo y la echó en una bolsa gigante de tela. Miró la bici estática. Una gacela metálica plateada. Y suspirando abrió un paquete de papas de limón.

-Yo ya sé que esa bici va a terminar de perchero –le dijo Rafa cuando la compraron a cuotas.

Y tenía razón. Nadie la conocía mejor que él. Llevaban doce años de arrejunte, a veces feliz, a veces aburrido, un arrejunte largo, perpetuo, indeleble, casi como la misma henna.

Luego Adri fue al baño y se encerró a untarse la mascarilla de avena y miel que había preparado la noche anterior. Al tocarla, le dieron ganas más bien de echarle chips de chocolate y meterla al microondas.

-No joda, siempre tengo que pensar en comer.

Y se la empezó a embadurnar iniciando por la frente. En esas oyó que Mirta metía la llave en la puerta del apartamento para entrar. Mirta era la señora que les ayudaba con la limpieza a los vecinos y algunos sábados también a ellos.

-Señora Adrianaaaaaa, ¿qué hay pa lavar? –gritó Mirta desde la salita.

-Duña Mirtu, llévesu esa bulsa du ropa puru lu luvandería, pur faaaaa –gritó Adriana desde el baño tratando de no vocalizar en exceso para no arrugarse.

-¿Qué, quéeeeeeeeeeeeeee? –gritó Mirta, ella sí gesticulando al máximo.

Adriana trató de hacerse entender:

-!Us cu tengo unu muscarilla, nu puedu hablur!

-!Ay, yo no sé ustedes por qué jon tan raros! – dijo Mirta mientras agarraba la bolsa de la ropa de lavar y se la echaba al hombro con agilidad.

Luego se oyó el portazo, Mirta siempre cerraba con un portazo y luego se ponía a hablar sola en el corredor, casi siempre rezongando, hasta que llegara el ascensor.

La mascarilla estaba tiesa como yeso. Adriana salió del baño con la cara ya lavada y se acostó boca arriba en el sofá. Miró el reloj: faltaban 15 minutos para quitarse el tinte de henna. Cerró los ojos. Estaba casi para dormirse cuando entró Rafael. Esa mañana le había tocado el turno de las cinco y ella ni lo había oído levantarse porque Adriana dormía siempre como un bebé. Las raras veces que Rafa hacía los turnos de madrugada llegaba siempre con una cara de cansancio que lo hacía ver arrugado, aunque no fuera viejo. Cara de limón chupado, pensó Adriana cogiendo de nuevo su paquete de papitas que no había terminado.

-¿Cómo te fue? –le preguntó buscando con las yemas las últimas papitas en el fondo del paquete.

-Uy, estoy mamado – y tiró la maleta de cuero negra repleta de catéteres y muestras de medicamentos al lado de la mesa. Luego empezó a mirar para todos lados, buscaba con los ojos por todo el espacio del apartaestudio y se rascaba la cabeza.

-Adri, ¿dónde está mi chaqueta azul?

-Mandé con doña Mirta toda esa ropa sucia a la lavandería, ¿no te acuerdas que la lavadora sacó la mano?

Adriana vio que la cara de Rafa se desfiguraba.

-!Cómo se te ocurre, Adriana! !En el bolsillo había dejado el anillo! !Llama ya a doña Mirta!

-¿Cúal anillo? – Adriana saltó del sofá para coger el celular.

Rafa salió corriendo, dando zancadas de rana con esos Crocs horribles que usan los enfermeros y desde el corredor le gritó:

-!Pues nuestro anillo, tu anillo! –y le mostraba el signo de un círculo con los dedos, mientras se alejaba. Desesperado, bajó saltando de dos en dos las escaleras para alcanzar a Mirta.

Como doña Mirta no le contestó la llamada, Adriana se puso un bluyín y también salió corriendo con las llaves en la mano.

Se encontró con Rafa en la puerta de la lavandería. “Burbujas de amor” se llamaba. Estaba llena por ser sábado. La gente llegaba con bultos de ropa, las prendas estaban todas regadas en un mostrador, se confundían unas con otras, toda la ropa se juntaba, caían monedas, encendedores y llaves de los bolsillos, algunas cosas quedaban en el piso en medio de ese desorden.

-Mirta ya entregó la ropa, ahí la están lavando –dijo Rafa con cara de limón podrido y escurriéndose en el mostrador con resignación.

De fondo se veían cincuenta lavadoras funcionando al tiempo. Los tambores llenos de espuma, jabón y ropa de colores revolcándose rítmicamente en el agua como en una coreografía.

El señor W, dueño de la lavandería, le pasó un recibo a Adriana:

-Pues sí, acá si vinieron a traer una ropa, pero yo no vi ningún anillo, ni nada. Encontré solo este recibo en el bolsillo de un pantalón.

Era la factura de compra del tinte capilar de henna.

Adriana miró su reflejo en la puerta de vidrio de la lavandería. Una medusa con serpientes de papel  aluminio en la cabeza.

Ese lunes, al entrar al salón de Primero C, uno de niños se le acercó:
-Profe, ¿por qué tiene el pelo de color papaya?

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