Querido 2018… Mi propósito para el nuevo año

Nuevo paraguas
Nuevo año

Ser sensata me parece un buen comienzo.

Por eso, este año no llenaré mi lista con propósitos que ya en marzo me generan angustia y sé que no voy a cumplir. Este año he decidido proponerme algo real, factible, pero que cambiará mi vida para siempre tal y como la he llevado hasta ahora. Es algo que siempre he fantaseado con hacer, pero diversas circunstancias me lo han impedido. El comienzo de un nuevo año es el momento justo, aquí estoy dispuesta a hacer una variación fundamental que significará una transformación en mi manera de andar por el mundo.

En este 2018 quiero caminar con la frente en alto, con paso firme, segura de quién soy y para dónde voy. Quiero vencer los obstáculos que se me presentan durante mi trayecto y superarlos airosa y sobrada. Quiero aprender de mis errores para no volverlos a cometer nunca jamás. Quiero sentirme segura, protegida y fuerte. Avanzar decidida y confiada hacia mi destino.

Mi gran propósito para el 2018 es comprar un buen paraguas.

Uno bueno de verdad. Y les aconsejo lo mismo: Inviertan en ustedes mismos.

Los cursos de yoga, meditación, coaching y constelaciones familiares están muy bien. Las dietas, la onda fit y comida saludable también, pero ningún autoestima por bien formado que esté puede soportar un aguacero bogotano con sombrilla de pacotilla. No hay ego que aguante tal humillación.

En un día nublado voy con mis pensamientos concentrados en mis mejores planes, echándole abono a mi fantasía, cuando dos goterones me caen con su mejor puntería, uno en la frente y otro dentro del ojo, un presagio de lo que vendrá . Entonces meto la mano en mi morral y al final, tímido, escurridizo, en el último rincón oscuro de mi maleta, escondido bajo los recibos viejos y los papeles arrugados de chocolatina lo siento, lo palpo, como en el juego de la gallina ciega. Es algo que yo supongo me puede salvar el pellejo en ese momento, entonces lo aferro con fuerza y lo saco, decidida, porque mientras tanto el diluvio universal se ha ensañado con la cuadra por la que camino, con la otra cuadra todavía no. Las botas de mis pantalones ya están empapadas y el agua va subiendo.

Lo miro, mi paraguas, confío en él y en un movimiento aparatoso de mi mano lo abro como si estuviera desenvainando una espada de fuego. Pero es tan endeble el traicionero que el viento lo dobla de inmediato todo hacia arriba y ahora no sólo estoy empapada, sino que parezco una Mary Poppins chiviada tratando de volar, echo madres:

-¡Al menos que me elevara este aparato!

La sombrilla me arrastra con el viento y la lluvia, pero no me suspende por los aires. Hago un movimiento violento con todo el brazo, como domando un caballo salvaje para que el paraguas me haga caso y cumpla la simple función para la que vino al mundo, no pido más, solo que le haga honor a su nombre: para- aguas. A esas alturas ya no es cuestión de agua, estoy emparamada, sino de dignidad, es el hombre contra la maquina, la voluntad contra el destino y entonces en vez de mojarme con resignación me pongo a pelear con unos chuzos amenazadores que me apuntan a la cara. Ya voy llegando a mi casa, sintiendo esa sensación odiosa de medias empapadas que hacen ruido de escurrir al rozar con los tenis, entonces lo cierro por la fuerza, parece una escultura abstracta con sus palos de hierro apuntando en todas las direcciones y lo boto en una caneca.

Mientras me alejo lo miro de reojo, parece que no mata ni una mosca ahí dentro del basurero, pero después de tres pasos vuelve y se abre de repente el muy solapado.

Entro a mi casa tiritando y me quito los zapatos en la entrada. Nunca más. Para este 2018 cumpliré si acaso el propósito más contundente que pueda tener para conmigo misma. Dejaré de confiar de una vez por todas en la manufactura china y compraré de una buena vez un paraguas serio, profesional. Un artefacto confiable que en medio de la tormenta eléctrica y el vendaval se abra frondoso haciendo ese sonido bonito y rápido de los aparatos automáticos, de los paraguas buenos.

Jamás volveré a caer en la trampa de esos inútiles paraguas de bolsillo que nos hacen sentir tan modernos cuando los llevamos, ligeros, imperceptibles en nuestra cartera porque no pesan nada, ni encartan, pero ya vienen programados para cumplir a cabalidad con su misión suicida: autodestruirse a la segunda, máximo la tercera llovizna y de paso pisotear nuestro honor en un día de tenis nuevos y blower recién hecho.

Son todos iguales y seguimos cayendo. Seguimos sucumbiendo al encanto de un color bonito o un diseño con pepitas beige que nos sale con todo el guarda ropa. Y seguimos atrapados en la trampa del minimalismo del mundo contemporáneo, donde todo tiene que ser pequeño, ligero, imperceptible y les hacemos el feo a los paraguas de antaño por larguiruchos, por aparatosos, por encartadores, esos se los dejamos a los viejitos, sin aceptar que cumplen dignamente con su noble función. No, en esa piedra no me vuelvo a resbalar.

Querido 2018: este año quiero contar con un buen paraguas, lo que equivale a caminar con la frente en alto, con paso firme, segura de quién soy y para dónde voy. Quiero vencer los obstáculos que se me presentan en el trayecto y superarlos airosa y sobrada. Quiero aprender de mis errores para no volverlos a cometer nunca jamás (vetados paraguas chiquitos chinos) Quiero sentirme segura, protegida y fuerte. Avanzar decidida y confiada hacia mi destino (con mi paraguas pro)

Y aquí viene un segundo propósito: una vez comprado el paraguas de mis sueños tendré que luchar contra mi tendencia natural a dejarlo botado en cualquier asiento de bus.

¡Feliz 2018!

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