Sede vacante

Roma y San Pedro
Roma y El Vaticano al fondo.

Irina o Irene. Se llamaba Irina pero se hacía llamar Irene. En nuestro apartamento de estudiantes había quedado libre una habitación. Un día me fui temprano a la universidad a poner el letrero: se alquila cuarto compartido, central. Lo escribí bonito y resaltando el precio en negro, ya que no teníamos más ventajas de las cuales jactarnos a parte de lo poco que costaba. A las 5 de la tarde sonó el timbre. Salimos las tres a recibirla. El acuerdo era que todas teníamos que aprobar a la nueva inquilina. 

-Buongiorno.

Entro tropezándose con el tapete y tumbando una taza de té que Lara había dejado en la mesita del corredor.

-¿Hablas italiano?

Le pregunto Anna María despacio y vocalizando. No sé porque la gente piensa que si habla despacio en un idioma desconocido le van a entender más.

Con un italiano más enredado que su maraña de pelo respondió  con una voz gruesa y dulce al mismo tiempo:

-Soy como los perros, entiendo pero no hablo.

Al cabo de dos meses Irina ya hablaba un italiano mejor que el de la señora filipina que limpiaba el edificio y que llevaba como 35 años en Roma. Había nacido en Ucrania, cuando se cayó la cortina de hierro se fue con sus papás y su hermana a vivir a Israel, pero había estudiado derecho en París, un master en Oxford y ahora se preparaba para finalizar parte de su doctorado en Italia. 5 idiomas y 3 sistemas de escritura condensados en este cerebro que además había aprendido español viendo telenovelas latinoamericanas en la antigua URSS. Apenas le dije que era colombiana se le iluminaron los ojos. Quería saber todos los detalles de la vida de su amor platónico: Oswaldo Ríos.

-Pero Oswaldo Rios es puertorriqueño o dominicano, mejor dicho, no es colombiano, le aclaré.

-¡Pero sabes quién es! me dijo llevándose la mano al corazón.

Adoraba las telenovelas desde niña. Todos en Ucrania las adoraban.  El día en que se acabó Simplemente María, la gente había dejado de hacer fila para reclamar la comida que le daban gratis por quedarse viendo el desenlace. Lo malo eran los doblajes, decía. Un mismo señor hacia todas las voces: hombres, mujeres y niños y  de fondo se oía, a volumen más bajo, la voz del idioma original, por eso Irina había aprendido español.

Cada 20 días viajaba a París por cuestiones académicas y siempre nos traía un regalo, cualquier cosa: una libreta, un imán para la nevera, unos guantes para el invierno.

Para limpiar el apartamento hacíamos turnos, una vez por semana le tocaba a una diferente. Una noche entramos y vimos el baño tapizado con toallas mojadas, Irina se acababa de bañar. La cocina estaba repleta de platos con restos de pasta, pesto y empaques de tiramisú de supermercado.

-¿Irina no era tu turno hoy?

Le dijo Anna María arrancando la hoja del calendario que teníamos pegada en la puerta de la  cocina.

-Si… pero es de mala suerte limpiar la casa la víspera de un viaje. Y mañana me voy a París…

Lo dijo como si nada y siguió raspando con un cuchillo los últimos restos  de mermelada dentro de un tarro, luego se lamió los dedos.

Irina tiene una piel casi transparente de lo blanca y una cara lisa y templada, parece una manzanita, como si tuviera todavía 14 años. Anna María que es peluquera no puede creer que exista una persona en el mundo que tenga un pelo con tanto frizz y que no haga nada al respecto:

-Irina, a ver cómo te lo explico: eres crespa, crespa… ¡las crespas no se pueden peinar con el pelo seco!

Y mientras tanto le echa manotadas de gel en la cabeza. Lo hace con instinto maternal, con el tono de una mamá cuando regaña e Irina se deja. Pero al otro día vuelve a salir de la casa con su mata de pelo electrizada. Yo creo que le encanta que Anna María le eche productos capilares no porque le interese cambiar su look ni mucho menos, sino porque se siente cuidada, querida. Su pelo le importa un pito y eso se nota.

Las dos comparten habitación y oírlas hablar es como presenciar el choque de dos mundos, qué digo mundos, choque de civilizaciones. Anna, italiana del sur que abandonó el bachillerato para empezar a trabajar en peluquerías y llegó a la capital para buscar fortuna e Irina con su doctorado y su vida en 5 países diferentes. Pelean todo el día, pero se quieren. Cuando Anna llega antes prepara comida y le deja un poco a Irina. Y si Anna trata en vano de enseñarle las reglas mínimas del arreglo personal, Irina, sin ninguna pretensión más que la de divertirse, invita a Anna María a teatro por primera vez en su vida y a conocer los museos que jamás  hubiera pisado por iniciativa propia. Salen felices y vuelven siempre alegando y alegar con Irina es cosa sería porque es más terca que un ladrillo.

Se oyen pelear desde las escaleras, Anna entra dando un portazo:

-¡Nunca vuelvo a salir con ésta!… siempre me hace hacer el ridículo, se empecinó en que nos teníamos que sentar en primera fila y después llegaron los verdaderos dueños de las sillas a sacarnos delante de todo el mundo… ¡Qué vergüenza!

-Deberías agradecerme, yo sólo quería que vieras bien.

Dice Irina mientras se dirige a la nevera a buscar comida.Y así siguen alegando hasta el baño y se acuestan enojadas, no se hablan. Al otro día las vemos salir juntas como si nada:

-Vamos a teatro, ¿nos prestan las tarjetas del metro?

Es abril, el Papa Juan Pablo II se muere y van a elegir al nuevo Papa. Todo el mundo tiene sus ojos puestos en Roma y en el color del humo que sale de la Capilla Sixtina en el Vaticano: humo negro, los del Cónclave todavía no hallan al elegido, no se ponen de acuerdo. Será humo blanco solo cuando lo encuentren. Y mientras los Cardenales esperan días a ver si les llega la iluminación divina a Irina si se le alumbra el bombillo en minutos:

-Mañana me voy al Vaticano. Están vendiendo las estampillas que dicen “sede vacante” y apenas escojan al nuevo papa esas estampillas van a valer oro… ¿Quién viene conmigo? hay que salir a las 4 de la mañana porque mañana empieza la venta y ya hay gente en fila desde hoy.

Soltamos una carcajada al unísono

-¡Por favor!

Dice Lara, mientras se alisa su vestido de tango. Lara está en clases de tango. Quién se va a levantar a las 3 de la mañana para ir hasta el Vaticano a comprar estampillas. Nos burlamos, la molestamos. Irina se levanta de la mesa acomodándose las gafas:

-Después no me envidien cuando en unos años le venda mis estampillas a un coleccionista y de ellas puedan vivir mis hijos y los hijos de mis hijos.

Son las 3 de la tarde del otro día. Estamos atarugadas en nuestra diminuta cocina tomado capuchino e Irina entra corriendo  de la calle, sacudiendo las estampillas con la mano. Lara las quiere ver de cerca, pero no nos deja ni siquiera tocarlas. Nos abre sus ojotes detrás de unas gafas pasadas de moda:

-A la salida del Vaticano ya me estaban ofreciendo el doble de plata.

La primavera asoma sus narices. Por obra y gracia del calentamiento global estamos sofocadas y es apenas abril. Los dos ventiladores del apartamento están prendidos. Son tan viejos como la mayoría de inquilinos de nuestro edificio. Uno, el más potente, suena como una licuadora, pero preferimos el ruido al calor. Salimos a tomar aire al mini balcón de la cocina. Para que quepamos las cuatro tenemos que estar ladeadas. Si nos paramos de frente no cabemos. Nos reímos por eso, parecemos unas coristas desde un balcón, todas en línea, pegadas una a la otra, Lara está sudando. No hay nada de viento. Vemos que la gata negra de la terraza contigua no está sola: tuvo gatitos. Irina habla sin mirarnos:

-Me voy definitivamente el jueves, regreso a Francia… Gracias por todo.

Nos quedamos calladas, absortas en los gatos: juegan, saltan, se muerden.

Es martes. En la tarde voy  a la universidad para poner de nuevo el letrero de se alquila habitación. Regresando en el metro oigo la noticia: humo blanco. Roma tiene nuevo Papa, en el Vaticano el Cónclave ha encontrado finalmente al inquilino perfecto. Nuestra Irina en cambio está ya a miles de kilómetros de Roma. La extrañamos, hablamos de ella y nos hacen falta sus rarezas. Para nosotras será por un buen tiempo todavía humo negro, sede vacante.

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