Una vieja verde

Una mamá verde
Mi deseo de vivir en el campo llegó cuando me convertí en mamá.

Mi abuela era reacia a visitar fincas, casas de campo, cabañas, cabañuelas, carpas y cualquier edificación rústica en la que el agua no fuera medianamente potable o no llegaran los domicilios telefónicos. No le gustaba ir al campo.

Por otro lado, gracias a la ley de compensación, era muy cercana al  mundo natural porque dominaba perfectamente la alquimia de los alimentos y preparaba recetas celestiales con ingredientes todos naturales que venían precisamente de las huertas y las fincas.

A veces yo le ayudaba a cocinar:

-Nonna, ¿por qué no te gusta el campo?

-¿El campo?…  cuando lo pavimenten, tesoro.

Y seguía amasando con su delantal veteado de harina de trigo y sus dedos gordos untados de azúcar y fresas.

Por años, tuve su misma filosofía. Pasar en el campo más de dos días era para mi alma urbana una posibilidad remota. Yo sentía el llamado salvaje de los semáforos y el cemento. Sentía que en la urbe era donde pasaba todo. No sé qué era ese todo pero yo me lo estaba perdiendo por estar en medio de tanto pasto.

Un día, en mis tardíos 20 decidí  irme como babysitter au pair a Dublín en Irlanda. Una semana antes del viaje me cambiaron la familia de destino, la nueva ya no vivía en Dublín, sino en Dundalk una ciudad al norte. Llegué a la entrevista con la señorita de la agencia:

-Dundalk, ¿qué tipo de ciudad es?

-Una ciudad pequeña, casi un pueblo. Pero la familia no vive en Dundalk sino en Blackrock un pueblo a dos horas… Pero en realidad ellos no viven en Blackrock propiamente, sino en un caserío a las afueras, en el campo.

-¿Qué tan afuera?

Pregunté sin poder ocultar mi cara de preocupación. Hay afueras de afueras y este “afuera” me sonó como el paraje más perdido en medio de la nada, de una nada verde con olor a boñiga y agua de lluvia.

Por la tarde busque en el mapa: Blackrock era un punto negro de letra diminuta y el caserío al que yo iba ni siquiera aparecía. A los tres días yo estaba desempacando mis botas pantaneras, impermeables, gorro y bufandas en ese puntico negro.

La primera semana como huésped de ese reino silvestre corroboré mi aversión por el campo y  descubrí que lo más emocionante para hacer era montarme con Flynn, el niño que cuidaba, en un columpio que me quedaba chiquitico. Yo estaba en mis veintes, mi corazón necesitaba acción, emoción y no el letargo de este mundo pastoril.

Los habitantes de Blackrock eran como extraterrestres para mí: familias con muchos hijos, mamás sonrientes que horneaban pan y colgaban la ropa mojada en las cuerdas de los jardines aunque tuvieran secadora en la casa y aunque supieran que iba a llover, porque siempre llovía. Los niños de varios tamaños  corrían descalzos, con ese frío, y se trepaban a los árboles persiguiendo animales. Yo me elevaba en mi columpio aburriéndome hasta el cielo.

Pero había una válvula de escape. Tenía forma de bus y pasaba puntual cada hora, los viernes y sólo hasta las 4 de la tarde, su destino final era el pueblo y después Dublín: un poco de cemento reparador. Con mi puntualidad de colombiana lo perdí más de una vez. Corrí más de una vez detrás de él haciéndole señas con la ilusión de alcanzarlo. Entre más corría más lejos lo veía, hasta que desaparecía definitivamente llevándose mi única esperanza  de contacto con la civilización. Y ahí me quedaba yo, en la mitad de esa carretera de barro, en ese mundo hostil lleno de nubes negras que parecían burlarse de mí hasta dejar salir sus carcajadas  en forma de aguacero.

Dublín, sin ser una grande urbe, me devolvía la emoción de reencontrarme con el ruido  familiar de los pitos y  el humo de los carros. Cuando me montaba en el bus yo era serena. Atrás quedaban las vacas  y el barro e iban apareciendo sonrientes las cabinas de internet, los edificios de ladrillo, los tumultos. De noche bailábamos en la discoteca de un hotel que estaba repleta de latinos y yo recargaba mis baterías cogiendo fuerza para volver el lunes a mi vida de Heidy.

Desde que soy mamá pienso a menudo en mi época irlandesa y ahora la veo desde una perspectiva completamente opuesta. La maternidad vino a revolucionarme y cambiar mis inmutables. Me acuerdo de esos domingos regresando de Dublín  hacia ese caserío que tanto me disgustaba:

-¿Cómo pueden estas familias vivir en medio de tanto verde? ¿Cómo  hacen para no extrañar la efervescencia de las calles, la bulla, la ciudad?

Ahora lo entiendo perfectamente. No solo lo entiendo, desde que soy mamá me he convertido en toda una vieja verde. Pondría la firma por vivir en un lugar como el caserío de Blacrock. Cuánto quisiera andar de botas pantaneras, envuelta en una ruana gigante y  sembrando en una huerta orgánica con las manos untadas de tierra. Quisiera yo también colgar la ropa recién lavada en cuerdas amarradas a troncos de árboles, a sabiendas de que se va a empapar con el próximo aguacero. Me encantaría tener que quitarle a mi hija el pasto del pelo todas las noches como hacía Karina, la mamá de Flynn.

Por ahora vivo en un apartamento en la ciudad. Me contento con regar unas maticas de albahaca y limonaria que  tengo en la cocina mientras preparo tortas de fresa y oigo canciones de U2. Y si pudiera volver a tener esa conversación con mi abuela hoy le diría:

-Nonna, ¿la ciudad?… cuando la llenen de pasto.

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