Volverse adultos

En un viaje sola
En un viaje sola, antes de volverme una “adulta”.

Noviembre de 2002, vuelo Miami- Madrid. Estoy en la edad de comerme el mundo y empezaré por una tajada de Europa. Camino sin afán por el aeropuerto. Noto mi reflejo en la vitrina de un almacén de perfumes. En mi cara lavada  campa la frescura de la juventud pero sin las inseguridades de la adolescencia.  Edad perfecta, pienso. Sin los cachetes de los 15 años, pero sin las arrugas de los 30 que ya afloran, todavía muy tímidas.

Acabo de terminar la universidad. Estoy empezando a disfrutar las mieles de un limbo extraordinario. Un lugar exclusivo al que llegan sólo las almas después de haber terminado materias y entregado tesis.  Un lugar en el que viven los que tienen un título profesional fresco en la mano, pero todavía no se quieren anclar a un trabajo estable. Una sala de espera para los que piensan, como yo, que es muy temprano en la vida para declararse adultos.

Quiero vivir en ese limbo un tiempo más: viajar, conocer, prolongar hasta el límite mi estatus de “joven”. Viajo sola, sola y feliz. Hace un año han caído las Torres Gemelas y en Gringolandia las filas de los aeropuertos son interminables. Mientras hago cola escruto mi pasaporte, como si no fuera mío, como si me lo acabara de encontrar tirado en el piso. Mi cara en una foto  tomada desde un ángulo que no me favorece, sin embargo me gusta. Se me viene a la mente una frase de Beno Fignon, un poeta italiano: “¿Alguna vez fuimos dioses? mucho más, teníamos 20 años”. Pero después me acuerdo de que la frase no dice 20 sino 12, doce años; entonces no es una oda a la juventud sino a la niñez. No me importa, a mí me gusta más la frase con el número 20, incluso mejor con 25.

Mi mente aprovecha ese tiempo en fila para saltar de un tema a otro, de un lugar a otro. Delante de mí una mona de piercing en la ceja ojea una guía de Berlín.

-¿Cómo será vivir en Berlín?… ¿Será que me pinto el pelo de mono… me quedara bien con esta palidez o me veré como una muñeca de pan cruda?

Horas después subo al avión. Bingo: el puesto con más espacio adelante es mío. Estamos por despegar. Me siento y estiro mis piernas moviendo los pies en círculo. Una pareja en el puesto de atrás me mira con envidia. Muevo más los pies y me estiro. Cobija, pantuflas y libro. Audífonos por si se me antoja ver alguna película.

Cuando todo parece perfecto y los pasajeros ya están acomodados entran ellos por la puerta delantera del avión. Una familia. Mamá, papá e hijos. Parecen percheros humanos. De sus extremidades, pero también de sus cuellos y muñecas y coyunturas, cuelgan carteras, maletas y juguetes. La mamá con el pelo despeinado mira impulsivamente todos los puestos buscando el número de su silla. ¿Es joven?… No sé. El cansancio le ha borrado de la cara cualquier señal que me de pistas sobre su tiempo cronológico en este planeta. Podría tener mi edad o 10 años más. ¿Qué edad tiene? La edad del cansancio, pienso. Y aunque tuviera mi edad ya no es joven. Es adulta.

Del papá cuelgan además de las cosas también los dos hijos. Es como un árbol que avanza lento con dos enredaderas pegadas. Son pequeños. Uno con cara de fiesta y ojos chisposos investiga con su mirada a los pasajeros con la imprudencia que se tiene a los 5 años. El otro es un bebé. Babea dormido en el hombro del papá sin inmutarse por los movimientos bruscos.

Los miro de reojo. Pongo mi película y empiezan los créditos. Los miro de reojo otra vez:

-No puede ser…

También de reojo veo con horror que vienen hacia mí.

Sin despegar los ojos de la pantalla y evitando mirarlos, temiendo que mi mirada los pueda atraer aún más repito mentalmente:

-Aquí no, aquí no, aquí no, aquí no, aquí no…

Pero mi mantra no funciona. No puede ser. Se sientan justo a mi lado golpeándome sin querer con todo su arsenal de equipaje. Los miro, me sonríen con caras de agotamiento. Me dan un poco de pena; casi me arrepiento de mi desconsideración. La azafata se acerca con una sonrisa a instalar la cuna para el bebé casi enfrente de mí.

Y yo que estaba tan contenta. Mi viaje perfecto seguramente se verá perturbado por berrinches, llantos  y teteros. Solo cruzo los dedos para que el bebé no se despierte tan pronto. Al menos tiene chupo, pienso. Poso mis últimas esperanzas en las facultades sedantes del “pacifier” como se le llama al chupo en inglés. Espero que ese objeto le haga honor a su nombre porque no quiero pasar 11 horas con el llanto de un niño.

Diciembre de 2014, soy mamá hace 3 meses. Primer viaje a Italia con mi esposo y mi hija. No se nos ocurrió que el registro civil era clave para salir del país y lo hemos dejado en la casa a 30 km del aeropuerto y bajo llave. No nos quieren dejar salir. Gracias a la chiripa, mi hermano, que vive ocupadísimo y nunca está en la casa, por casualidad  está en su apartamento. Ante mi llamado desesperado logra ir a la notaria  10 minutos antes del cierre, saca el registro civil  y nos manda la foto por whatsapp. El funcionario es buena gente: lo aceptan. Estamos por perder el avión. Corremos con coche, bebé y maletas y en la carrera se nos rompe el único termo de agua hervida para la leche de la niña. Lo recogemos en pedazos, lo tratamos de armar sin dejar de correr: inservible. Lo pagamos carísimo, pero lo botamos a la basura. Corremos y corremos. Entramos de últimos en el avión buscando desesperadamente nuestros puestos. Mi hija empieza a llorar con el tono de un pito.

Nos acercamos a nuestro puesto. Al lado está sentada una joven que viaja sola. No puede disimular su cara de contrariedad al ver que nuestros asientos están junto a ella. Le pego sin querer en el hombro con la pañalera. Me mira seria. Le sonrió con mi mejor intención y mis pelos despeinados. ¿Qué edad tengo? La edad del cansancio. Y aunque tuviera su edad no soy “joven” como ella. La maternidad me ha convertido en una adulta.

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