Dos perlas en la casa

Doña Ruth
Ruth

La señora Ruth era amiga de mi mamá. Empezaba su faena a las cinco de la mañana. La despertaban unos lamidos de lengua áspera: era Garfio, el perro, que exigía salir a hacer pipí:

-Les compro el perro, pero ustedes lo sacan y le dan comida.

Les había dicho a sus hijos que con cara de drama imploraban por una mascota. Si, cómo no. Como con tantas labores de la casa, al final era ella la que había terminado sacándolo, dándole comida, llevándolo a las vacunas.

Doña Ruth  se levantaba con las luces apagadas, se ponía una chaqueta encima de la pijama y mientras todos dormían, salía con Garfio, despacio para no hacer bulla y no despertar a los niños . Yo la veía desde mi ventana; el bus del colegio me recogía tempranísimo y mientras me ponía el uniforme, la divisaba a lo lejos: un zombi de pantuflas verdes descocidas. Ahí, a mis nueve años,  intuí la importancia de la estética en el estado de ánimo y me prometí, me juré jamás salir en pijama a la calle, a menos que fuera una emergencia de vida o muerte.

La señora Ruth se quedaba quieta mientras Garfio hacía pipí. Me daba la impresión de que dormía de pie, no se sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. Luego se dejaba jalar por el perro de un árbol a otro.

A las cuatro de la tarde, Cuando llegábamos en el bus colegio, ella recibía a sus hijos en el paradero. En la mesa ya les tenía almuerzo listo. Después de hacer las tareas yo iba a jugar a su casa. Desbaratábamos las camas, los armarios, armábamos casas con las cobijas  y hacíamos  guerra de almohadas. Ella pasaba de vez en cuando a echarnos un ojo. Con un trapo en la mano primero, o con las camisas de planchar debajo del brazo. Cuando se hacía más tarde, nos preparaba onces: arepas con café o chocolate.

– El santo Job fue santo porque no tuvo hijos.

Era la frase que se repetía  a sí misma con cara de resignación cuando sus dos hijos hombres le dejaban la casa como si hubiera explotado una bomba,  es decir casi todos los días. Pero yo había averiguado en la enciclopedia y el santo Job si había tenido hijos y varios.

A veces, cuando yo entraba a esa casa no se podía ni caminar. Me tocaba andar en puntas de pie, esquivando medias, sucias, calzoncillos, carros de colección, muñecos de Batman.  Yo veía cómo esta señora abnegada  arreglaba este caos una, dos, tres, infinitas veces, mientras movía la cabeza como diciendo que no.  ¿No, qué?,  pensaba yo en mi cabeza de niña: no lo podía creer, no lo quería recoger, no se merecía eso. Las opciones eran infinitas y todas válidas, pero aunque negaba con la cabeza, siempre terminaba recogiendo y arreglando.

Un buen día cuando sus hijos eran adolescentes, doña Ruth se fue de la casa. Por unos días, sin decirles ni pío. Esa mañana, mientras los muchachos estaban en el colegio,  ella aprovechó para pintarse las canas y mientras se le secaba la tintura empacó tres mudas en una maleta de flores con la que hacía mercado. Al rato se fue donde una amiga. Azotó la puerta con fuerza:

-Ahora verán lo que es vivir sin una mamá que les ande recogiendo el desorden.

Los tres días que estuvo donde la amiga le supieron a gloria: atendida, querida y reposada. Cuando pensaba en su casa, en sus hijos, la embargaba la melancolía, pero al mismo tiempo la satisfacción de haber hecho lo correcto. Habrían aprendido la lección.

A los tres días, con su misión cumplida se preparó para el regreso triunfal. Pasó antes por la peluquería y se arriesgó a que Ramiro le cortara el pelo mucho más de lo habitual. En el taxi hacia su casa se acordó de una frase que había leído en una revista mientras le secaban el capul. Era una propaganda de suplementos de calcio para la menopausia:

Tal vez usted  ya es feliz y no se ha dado cuenta.  En la foto una señora más o menos de su misma edad sonreía con unas tijeras de jardinería en la mano, al fondo se veían desenfocadas unas rosas.

El frenón del taxi la sacó de sus nebulosas mentales. Desde la ventanilla vio su casa más acogedora que nunca, con los helechos frondosos a lado y lado y las piedras que formaban un caminito hacia la entrada. Pagó con un billete de 50.

-Señora, no tengo devueltas.

Pero estaba tan contenta de volver que no se puso a pelear con los taxistas, que nunca tienen vueltas, que siempre van manejando y pensando en otra cosa, que manejan como bestias, que no conocen las direcciones y entonces para qué trabajan en eso:

-No importa, señor,  quédese con el resto.

Se bajó, insertó la llave en la puerta. Al abrir no lo pudo creer, la casa era un chiquero inconcebible.

En tres días no movieron un dedo para recoger o limpiar. Tres días de caos absoluto nunca antes visto. Desde la puerta se divisaba la cocina, en el lavaplatos una montaña de ollas de todos los tamaños que permanecían sucias y amontonadas unas sobre otras en un equilibrio inverosímil antes de irse a desmoronar.

Doña Ruth  no entró. Se peinó con los dedos y volvió a cerrar la puerta. Le dio la espalda  a su casa y se alejó:

-Esto es el colmo.

Dijo en voz alta, apretando la cartera contra su pecho.

Pero después de haber avanzado unos pasos se devolvió. Se acordó de que ella misma cuando era joven se hacía la enferma para no ayudarle a su tía Lila a preparar empanadas o a barrer el balcón.

Entonces abrió la puerta de nuevo, suspiró  y  desde el ingreso empezó, una vez más y hasta el infinito, a recoger el desorden, las fichas, las servilletas sucias, unos fragmentos de algo que parecían colillas :

-¿Fuman?

Como era bien miope, acercó lo que más pudo las supuestas colillas a sus ojos y las detalló con atención:

-¡Además fuman!

Su cabeza, automáticamente comenzó a moverse diciendo que no.

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