En la universidad tuve una compañera que era la hija de un intelectual muy reconocido. Lo que más me acuerdo de ella era que nos contaba siempre que durante toda su infancia su papá le prohibió ver televisión. Para evitar la tentación simplemente en su casa no tenían televisor y su niñez estuvo marcada por la ausencia de ese aparato encendido perpetuamente en otras casas, menos en la suya.
Volverse adultos
Noviembre de 2002, vuelo Miami- Madrid. Estoy en la edad de comerme el mundo y empezaré por una tajada de Europa. Camino sin afán por el aeropuerto. Noto mi reflejo en la vitrina de un almacén de perfumes. En mi cara lavada campa la frescura de la juventud pero sin las inseguridades de la adolescencia. Edad perfecta, pienso. Sin los cachetes de los 15 años, pero sin las arrugas de los 30 que ya afloran, todavía muy tímidas.
Maternidad y el lujo de no hacer nada
Desde que me estrené como mamá ya no me acuerdo qué se siente tener tiempo de sobra para escoger en qué perderlo. El no hacer nada, ninguna cosa, poco o muy poco, como dice el diccionario, con la maternidad prácticamente no existe. Las mamás (con niñera, sin niñera, con ayuda, sin ayuda) siempre tienen algo qué hacer.
Mamá-yogi y la comida chatarra
En los años 90 cuando la onda de la comida sana y orgánica ni siquiera se asomaba por la esquina yo ya era toda una adolescente “Green-holística”, fui una verdadera visionaria. Dejé de tomar Coca Cola a los 14 años por decisión propia. En las minitecas de garaje todas sudábamos bailando al ritmo de Juan Luis Guerra y yo tomaba agua. En el colegio, mientras mis amigas mitigaban el aburrimiento de los recreos en un colegio sólo de niñas atiborrándose de pasteles Gloria rellenos de un arequipe denso y delicioso yo comía barritas de granola.
Si o no: una canción de cuna
Estoy enseñándole a mi hija a cantar. Eso es lo que yo pienso, cuando en realidad es ella la que me enseña. Tiene intacto ese don de los niños pequeños de mezclar palabras y notas en cantilenas inventadas que acompaña con gestos de una manera completamente libre y natural. También desarrolla versiones muy personales de canciones conocidas. Últimamente anda en la onda de la vaca Lola, una vaca que, aclara el coro, tiene cabeza, cachos y cola.
Mi reino por un sueñito
Desde que soy mamá tengo una fantasía recurrente, un deseo, una utopía, quizás una extravagancia: DORMIR, así con mayúsculas. Solo escribir la palabra y se me hace sueño a la boca. Es tal vez, lo que más extraño de mi vida pre-mamá. Ahora duermo, claro, ni más faltaba, pero ese dormir profundo, ese dormir de definición de diccionario: estar en un estado de reposo en el cual queda totalmente suspendida cualquier actividad consciente y todo movimiento voluntario, es muy lejano a mi dormir de ahora que soy mamá.
Sede vacante
Irina o Irene. Se llamaba Irina pero se hacía llamar Irene. En nuestro apartamento de estudiantes había quedado libre una habitación. Un día me fui temprano a la universidad a poner el letrero: se alquila cuarto compartido, central. Lo escribí bonito y resaltando el precio en negro, ya que no teníamos más ventajas de las cuales jactarnos a parte de lo poco que costaba. A las 5 de la tarde sonó el timbre. Salimos las tres a recibirla. El acuerdo era que todas teníamos que aprobar a la nueva inquilina.









